Melme

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Publicado el Sábado, 07 Noviembre 2009 Escrito por Oigresito

Melme

Autor:  Oigresito




Introducción

(Un bardo a un grupo de gente en una taberna en la ciudad de las Mil Fuentes)

¡Hermanos!
Extrañas y horribles son las formas
bajo las que la Muerte
ha llegado a esta ciudad.

Seáis de aquí,
o de cualquier otro rincón del ancho mundo
a la reunión de espadas
debes asistir.

Pues esta
es la Ciudad de las Mil Fuentes,
amable con el viajero cansado
y siempre gustosa
de compartir sus dotes
con todo aquel que obre de buena fe.

Todos estáis invitados
a la batalla en defensa de esta ciudad,
pues ahora,
cuando más nos tiemblan las manos,
es cuando más falta nos hacen
manos fuertes y valerosas.

¡Deja la jarra
y toma la espada,
hermano!

Lucharemos
en defensa de esta ciudad,
hogar de los aventureros errantes,
patria de la libertad,
joya del mundo,
baluarte del mundo.

¡Antes moriremos
que ver caer esta ciudad,
amada por tantos!

Que importa
que este sea
nuestro último día
¡Viviremos para siempre
en los cantos
que se harán en nuestro honor!

¡A la batalla,
hermanos,
a la batalla!




Cap. I
(Del diario de Elath el Maldito)

Nunca hubiera podido imaginar lo mucho que mi vida cambió esa noche (para bien), pues encontré lo único que de verdad necesitaba para vivir.
Era de noche (una noche oscura, fría y hermosa, igual a todas las otras noches de Galath)1, en la que mi figura alta y gallarda recorría una llanura en La Eterna Primavera2. O al menos así me considero yo. Quiero decir, soy más alto que la mayoría de los hombres que he visto, y también más hermoso (¿Vanidad? No, ni siquiera una gota), debido a que tanto hombres como mujeres se detienen sorprendidos a admirar mis rasgos, para luego gritarme, insultarme y arrojarme todo tipo de objetos contundentes (con dudosa puntería, por cierto, aunque también es cierto que soy bastante ágil).
Y todo porque tengo las orejas puntiagudas.
¡Así es, lo habéis adivinado! Soy un Maldito3. No es que me esté quejando de mi hado (que no lo hago). Creo que debo explicar un poco las cosas. Muy bien, aquí va: Mi padre (un elfo) y mi madre (una humana) se amaron con pasión, a pesar de lo mal vista que está una relación amorosa entre elfos y humanos (no sé por qué, aunque quizás se deba al orgullo de los elfos, a la fealdad de los humanos, o a una mezcla de esto). Yo, Elath el Maldito, soy el fruto de ese amor, tan largo y complicado. Lamentablemente, ellos murieron luchando contra los Orcos, defendiendo la aldea en la que vivíamos, durante los ahora llamados Años Sangrientos4.
Me hubiera gustado haber estado junto a ellos en la batalla (pues siempre quise mucho a mis padres), aunque hubiese perecido. Pero era demasiado joven (apenas había cumplido mi primera década). Al menos pude ir al campo de batalla y recoger el arco de mi padre y la espada de mi madre. Habían muerto juntos, y espero que, dondequiera que estén sus almas, permanezcan juntos.
También los enterré, uno al lado del otro, en lo alto de una colina, a la sombra de un árbol y con una piedra en la que marqué sus nombres, tal es costumbre en este lado del mundo.
Creo que con eso es suficiente. Además, no quiero seguir hablando del pasado. No sólo conservo sus armas, sino también sus rasgos y cualidades. Tengo los ojos y los cabellos negros como ala de cuervo, igual que mi madre. Soy alto y mi rostro es largo pero suave y gentil como mi padre, y también su talento para el canto y la improvisación. El ánimo alegre y despreocupado me lo dio mi madre.
Pero retomando a lo que decía al comienzo, iba caminando por la llanura cuando encontré un pueblito. Parecía bastante pintoresco. Cansado como estaba (había estado caminando durante todo el día), me dispuse a encontrar un lugar donde pasar la noche. Encontré una posada (fue bastante fácil, pues era el único edificio iluminado, ruidoso y de dos pisos). Entré, pedí un cuarto, pagué, subí, dejé mis escasas pertenencias (luego haré un inventario de estas), salí, cerré con llave y fui a la planta baja.
Abajo había humo, baile, ruido, gritos y otras cosas, pero mis ojos sólo vieron una, pues se habían colmado de éxtasis. Porque allí, en un pueblo del que no sabía ni el nombre, fue donde vi por primera vez a Melme.




Cap. II

Él, acariciando suave y dulcemente la mejilla de ella. Ella, jugando con los pelos del pecho de él. Ambos estaban desnudos, aunque sus cuerpos cálidos y sudorosos estaban cubiertos por una manta.
Era de noche en la ciudad de las Mil Fuentes. Era la primera noche que Elath (un maldito o semielfo) y Melme (una humana) estaban juntos, aunque hacia tiempo que él la había conocido y había intentado ganarse su amor.
Se encontraban en uno de los cuartos de una posada pequeña pero acogedora. Era una noche tranquila. Demasiado tranquila. De repente, quebrando el silencio, Elath dijo:
- Tengo miedo, Melme. Mucho miedo.
- ¿Qué es a lo que le temes, amor mío? - respondió ella
- A ti. Temo que me abandones.
Melme abrió mucho los ojos, sorprendida, para luego contestar:
- ¿Y por qué habría de hacer algo así?
- ¿Y por qué no? - respondió el, completamente serio. Te mereces algo mejor que yo.
- No digas esas cosas - a ella empezó a quebrársele la voz. Yo te amo, ¿por qué me iría con otro?
- No lo sé. Ya no sé ni lo que estoy diciendo, pero se que hay hombres - y recalcó la palabra hombres - que pueden darte mucho más que yo.
- A mi me alcanza con tu amor. ¿O es que acaso ya no te importo?
- Claro que me importas, Melme. Sabes que daría mi vida por ti, de ser necesario. Pero tengo dudas sobre el futuro, nuestro futuro.
- ¿Dudas? Siempre estaremos juntos, pase lo que pase.
- Siempre es una palabra muy larga. ¿Acaso te has olvidado de lo que soy, de que soy un monstruo, una maldición para el mundo? ¡Mírame! - Elath alzó demasiado la voz.
- Se lo que eres, y no me importa - Melme estaba a punto de llorar. A tu madre tampoco le importó.
- No es tan fácil como parece. ¿Qué pasará dentro de dos o tres décadas? Recuerda que no sé cuanto viviré.
- Eso dímelo tú. Olvida un poco el futuro y disfruta del presente - sonrió.
- Tienes razón, Melme. Siempre te amaré. Pero no puedo evitar verme rodeado de dudas e incertidumbre.
- ¿Qué otras dudas tienes, mi amor?
Aunque ella lo amaba, odiaba discutir con él, y comenzaba a cansarse.
- Sólo dos. El tiempo y el rechazo. No sé si viviré cinco o cincuenta décadas. Me dolería muchísimo seguir siendo joven mientras tu envejeces y...
- ¿Y qué?
- Y mueras. No quiero perderte, Melme - ahora era él el que estaba a punto de llorar - Ese es el problema.
- Y no lo harás, no me perderás. No te preocupes por el futuro. Aún falta mucho para eso - lo besó tiernamente y luego lo abrazó. Él se calmó - ¿Qué decías del rechazo?
- Aún nada, sólo lo mencioné. Pero te lo diré. Aunque lo disimule magistralmente - sonrió, aunque estaba triste - el rechazo me duele muchísimo, como si tuviese una daga en el corazón, que lentamente va hundiéndose más y más. Cada mirada y cada gesto de rechazo, y cada insulto colmado de odio y desprecio me hieren profundamente. ¿Por qué la gente es así? ¿Por qué me odian? ¿Qué es lo que les hice para que me traten así?
- Es simple. Excepto yo, claro está, la gente es imbécil. Me tienes a mí. Despreocúpate o te amargarás.
- Tienes razón, Melme, eres tan buena conmigo... - parecía que Elath iba a comenzar de nuevo.
Alguien golpeó la puerta. Elath dijo:
- ¡Un momento, por favor!
Se vistió rápidamente y corrió a abrir la puerta.
El hombre (un mensajero bastante cansado) dijo:
- Lamento si interrumpo algo (sonrió al ver a Melme), pero el gobernador pide a todos aquellos dispuestos a luchar por esta queridísima ciudad que se dirijan de inmediato a la Plaza Central.
- Está bien, gracias por avisar - respondió Elath.
El mensajero se fue. Elath cerró la puerta. Melme ya estaba vestida. Recogieron sus armas (el arco y la daga grabada con el nombre de ella para él, y la espada con de la madre de él para ella), salieron de la habitación, bajaron las escaleras y abandonaron la posada rápidamente.




Cap. III
(Del diario de Elath el Maldito)

Melme. Tan grande es su belleza que no sabría como describirla. Al menos así es para mi, pues mis ojos y mi corazón me dicen que es la mujer más bella de todas, exceptuando, claro está, a la Dama Verde5 y a las demás diosas. Aunque puede que a los demás no les parezca gran cosa, e incluso la tilden de fea (cosa que me molestaría profundamente). Así es, soy celoso, pero solo con aquello que poseo (aunque poseer no es la palabra más adecuada, y menos cuando se habla de personas). Y lo único que tengo (tener tampoco es una palabra muy adecuada) es a Melme, a mis armas y a este diario. Así que ya sabéis, cuidad vuestras lenguas.
Sin embargo, intentaré describirla. La primera vez que la vi pude observar varias cosas: Era bastante alta (aunque no tanto no tanto como yo), delgada (pero no demasiado, no era un palo vestido, si entienden lo que quiero decir), con piernas también largas (y que piernas, por cierto), pechos no muy grandes (pero bien firmes, eso sí, aunque esto ultimo lo averigüé un tiempo después). Su piel tenía el tono adecuado para un habitante de estas tierras6 , y su rostro era bastante proporcionado, con algunas pecas en sus pómulos (cosa que me encantó), labios pequeños y rosados (y carnosos y dulces y suaves, como pude descubrir luego), ojos grandes y marrones, llenos de vida, curiosidad y ganas de probar cosas nuevas (una cualidad muy interesante, por cierto) y unos cabellos (marrones también) largos aunque un poco descuidados.
Ella estaba cantando (con una voz muy hermosa, que parecía llevarme hacia un sueño suave y tranquilo). Y juro por los mil dioses, que la primera vez que la vi (y oí) me enamoré de ella (si, lo sé, que patético). Cuando terminó de cantar la invité a mi mesa. Yo estaba solo, para variar, y la capucha de mi capa ocultaba mi condición. Se sentó frente a mí, y tuvimos una conversación que fue más o menos así:
- Tienes una voz preciosa
- Si, lo sé - dijo ella. Me lo han dicho miles de veces.
- Me lo imaginaba - dije yo, tratando de seguirle la corriente en el extraño juego que comenzaba a desarrollarse. ¿Quieres tomar algo? Yo invito.
- No, gracias. Estoy bien así.
(Se me empezaban a agotar las ideas)
- Y dime, ¿tienes nombre?
- Sí, ¿y tú?
- También. ¿Podrías darme el tuyo?
- Solo si me das el tuyo primero.
- Está bien. Soy Elath el Maldito.
Se rió. Supongo que tengo un nombre gracioso.
- ¿Elath? No es un nombre muy masculino. ¿Y por qué "el Maldito"?
(Suspiré)
- Está en élfico menor. Significa "el vivaz". Y en cuanto a lo de "el Maldito", prefiero reservarme la respuesta.
- Que original. El mío es Melme ¿Tiene algún significado en élfico?
- Si, pero te lo daré la próxima vez que nos veamos, si esto sucede alguna vez.
- Como quieras.
Melme se marchó a su cuarto, terminando así la conversación.
Ahora que lo pienso mejor, tendría que haberle dicho (con un tono grave y masculino) algo como "¿Quieres venir a mi habitación?". Pero prevaleció la sensatez, pues si le hubiera dicho algo como eso la hubiera tratado como un objeto, cosa que yo jamás haría.
Al menos ya sabía que hacer la próxima vez que nos viéramos. Y forzaría un poco las cosas para que fuese lo más pronto posible.




Cap. IV

Elath y Melme corrían por las calles de la ciudad de las Mil Fuentes. Corrían porque habían sido picados por la curiosidad. Además estaban preocupados. La ciudad era un lugar muy hermoso, y sus habitantes, tolerantes y comprensivos, así que era el lugar idóneo para vivir. Y también corrían porque se encontraban bastante lejos de la ciudad.
La ciudad de las Mil Fuentes era célebre en todo el mundo, y era conocida por ser muy tolerante y tranquila. Tenía fuentes, plazas y jardines por doquier, y todos eran públicos, y la mezcla entre el verde de los jardines y el gris de la piedra era algo digno de ser contemplado. Sin embargo, era una ciudad fuerte, con murallas altas y soldados también fuertes y capaces, aunque no eran muy necesarios, puesto que la ciudad siempre estaba tranquila. Era una de las más grandes ciudades de todo Galath, y se estimaba que tenía cinco veces cien mil habitantes, de las más diversas razas y profesiones, aunque este número variaba machismo, pues constantemente entraban y salían viajeros, comerciantes y aventureros de todo tipo. El crimen era duramente castigado en esta ciudad, y las horcas, ubicadas en muchas de las plazas, eran una poderosa advertencia para los ladrones y asesinos. También era una de las pocas ciudades que no había sido atacada durante la guerra contra los Orcos, dos décadas atrás, en los Años Sangrientos. Sin embargo, su gobernante (que era muy joven) había enviado tropas y suministros a otras ciudades, para que luchasen y se recuperasen. Y por eso la ciudad mantenía amplias relaciones comerciales con muchas ciudades.
Sin embargo, algo terrible estaba por sucederle a esta hermosa ciudad, querida por tantos&

Elath y Melme llegaron al centro de la ciudad, que también era la plaza del mercado. Aunque a esas horas solo vieron a un enorme y variopinto grupo de aventureros7, de todas las clases profesiones y regiones del mundo, además de los guardias, comerciantes y magos de la ciudad. El gobernador estaba en el centro, y el grupo formaba un círculo alrededor de él. Era un hombre maduro (ya llevaba más de dos décadas gobernando), experimentado, alto, bien vestido y peinado pero mal afeitado. Sus ojos eran grises como el cielo y muy inquietos. Estaba cruzado de brazos, y las manos le temblaban ligeramente, aunque nadie sabía por qué.
Elath y Melme llegaron justo cuando el gobernador comenzaba con su discurso:
- Habitantes, visitantes y demás gentes de buena fe que han decidido acudir al llamado en defensa de esta ciudad, amada por tantos, les tengo terribles noticias.
Hizo una pausa para generar un efecto dramático y luego continuó:
- Según me he enterado hoy mismo, una inmensa horda de no-muertos se dirige hacia aquí. Llegarán en aproximadamente una hora. Todas las medidas de precaución han sido tomadas, y todos aquellos hombres y mujeres que no puedan o no quieran luchar por la ciudad deben abandonarla inmediatamente por la puerta Sur. Nadie les dirá ni hará nada. Y ahora tengo una pregunta: ¿Cuento con el apoyo del Gremio de Comerciantes y el de Magos de la ciudad?
El representante del Gremio de Comerciantes se adelantó y dijo:
- Por supuesto, señor. Todos los víveres, armas y pertrechos necesarios le serán donados a la ciudad, y su pago comenzará dentro de dos años.
Luego apareció el representante del Gremio de Magos, y dijo:
- Claro que sí, señor. La furia de los elementos caerá sobre esos impíos.
El gobernador sonrió y dijo:
- Muchísimas gracias. Cuando la victoria sea nuestra no dudéis en que seréis adecuadamente recompensados.
Luego, dirigiéndose de nuevo a la multitud, que comenzaba a reducirse, dijo:
- No os quedéis parados, ¡seguidme!
Elath y Melme se miraron preocupados. Ella tomó la mano de él. Elath la entendió y le dijo:
- Nos quedaremos, este es un sitio demasiado bello como para verlo perecer.
- Tomados de la mano, comenzaron a seguir al grupo que iba detrás del gobernador.

Larga y triste era la caravana de aquellos que abandonaron la ciudad. A nadie le era fácil irse de un lugar tan hermoso.
Aquellos que eran demasiado jóvenes o demasiado viejos, y por lo tanto, un estorbo, se fueron, así como muchos hombres y mujeres que tenían niños, llevándose todas sus pertenencias.
Pero la mayor parte de la población se quedó, sobretodo aquellos que solo estaban de paso, encantados con la idea de probar su valía en una batalla.
Todos los comerciantes afiliados al Gremio, estaban llevando sus artículos a almacenes y puntos clave, como las puertas de la ciudad. En las murallas se pusieron grandes cantidades de arcos y flechas, además de arqueros, magos y antorchas mágicas.
Pero, temiendo lo peor, el gobernador había ordenado quitarles los techos a unas cuantas casas y utilizar la madera de estos para instalar barricadas por doquier. Además, tomó a los caballos que había en la ciudad para formar un grupo de caballería, encabezado por el y sus dos hijos, y formado por los guardias y unos cuantos voluntarios.
El plan del gobernador era sencillo. Cuando los no-muertos se encontrasen a tiro de flecha, los arqueros y los magos atacarían. Luego, las puertas se abrirían, y la caballería atacaría y se replegaría, momento en el que los arqueros y los magos atacarían de nuevo. Y así hasta ver derrotados a sus enemigos, aunque el gobernador sabía que sería mucho más difícil.

Elath y Melme estaban en lo alto de la muralla norte, esperando la llegada del enemigo. Ambos llevaban arcos, pues el tenía el de su padre y ella uno de los que comenzaban a repartirse.
El tiempo transcurría lentamente, y ellos, tomados de la mano, seguían mirando al horizonte, a la espera de la llegada del enemigo.



Cap. V

Me desperté una hora antes de que comenzase el día, porque de niño mi padre me había enseñado a despertarme a la hora que quisiese (y no, no voy a explicar como).
La cuestión es que me desperté, me vestí (pues me gusta dormir desnudo, haga frío o calor), recogí mis pertenencias (el arco, la espada, este cuaderno, algo de comida, una cantimplora medio vacía, una, una manta y otras cosas que caben en una bolsa) (excepto las armas, claro). Me colgué la bolsa al hombro, bajé las escaleras y salí, con la capucha ocultándome el rostro.
Fui hasta el río (que estaba al Este del pueblo), me lavé el rostro y llené la cantimplora. Luego volví a la posada, pero no entré. Me quedé a un costado, entre las sombras, y esperé.
Pasaron por lo menos dos horas hasta que ella salió. ¡Al fin, ya me estaba por dormir otra vez! Me quedé quieto y oculto, cobijado por las sombras. Ella no me vio, pero yo sí. Se dirigía al Norte, y yo sé que a dos días de viaje hacia el Noroeste (si se sigue el Camino Blanco, claro) se llega a un pueblo similar a este, pero un poco más grande.
Una vez que ella se fue, volví al río. Lo seguí hasta internarme en el bosque.

Me gusta mucho el bosque (aunque también me gustan las ciudades), con sus colores, sus olores, sus sonidos, sus silencios, su paz, su armonía, su tranquilidad& (Etcétera, etcétera).
En realidad creo que, debido a mi condición, mi corazón nunca podrá decidirse entre la ciudad y el bosque, y tendré que vivir un tiempo en uno y luego en otro, para no enfermarme.
Anduve contento por el bosque hasta que llegó la hora del almuerzo. Comí un poco del queso y el pan que tenía y, recostándome en un árbol, me puse a pensar. Pensé en lo contento que estaba, en lo lindo que es el amor (a menos que sea un amor imposible, claro, pues esos le amargan el alma a uno) y en lo feliz que sería mi vida con Melme. Ni por un momento pensé en que fracasaría (pues no serviría de nada pensar así) en mi "conquista", por decirlo así. La verdad, me mostré tan ciego como sólo puede estarlo alguien enamorado. Luego me levanté, lleno de energía, fe y esperanza, dispuesto a seguir con el viaje.

Sin embargo, como no ocurrió nada interesante mientras viajaba, me adelantaré un poco.
Ahora la cosa era así: Ella había entrado a una posada en el pueblo, luego de viajar durante dos días y una noche. Yo me quedé dando vueltas por ahí hasta que pasó más o menos una hora. Luego entré a la posada, pedí un cuarto, lo pagué, subí, dejé mis cosas, cerré con llave y bajé a cenar algo. Vi a Melme sentada, sola, cenando, así que no desaproveché mi oportunidad. Me senté en el lado opuesto, de forma que estábamos enfrentados (para poder mirarla bien) y pedí algo de comer (me trajeron carne fría y una botella de vino). Luego inicié esta conversación con Melme:
- Hola
- Hola - dijo ella, que, al oír mi voz, me miró (y yo sonreí), se acordó de todo y preguntó:
- ¿Y bien?
- Tu nombre, Melme, significa... (Silencio dramático)... amor.
-¿Sólo eso? Y dime, ¿me seguiste hasta aquí solamente para decirme eso?
(¡Maldición! Me descubrió)
- Sí - dije, no sabiendo muy bien que contestar.
- Bueno, eso es muy tierno
(¡Sí, hice algo bien!)
- Pues gracias. Y dime, ¿a que te dedicas?
(Nótese que no tenía ni puta idea de sobre que conversar)
- Soy... (Pareció dudar por un segundo)... viajera. ¿Y tú?
- Yo también.
Pero entonces ocurrió algo inesperado. Por azar (o quizás por la voluntad de alguno de los mil dioses) algo (o alguien) descorrió mi capucha y, aunque me la reacomodé rápidamente, ella se dio cuenta y dijo:
- Eres... un...
- Sí, lo soy - dije, interrumpiéndola bruscamente.
Bajé la voz, para luego añadir:
- Soy un Maldito. Discúlpame, Melme, pero debo retirarme.
- Me levanté, pero ella me sostuvo el brazo, para luego decirme:
- ¿Te veré al nacer el día?
- Sí. Desayunaremos juntos. Si quieres, claro.
- Claro que sí.
- Bien, nos vemos.
- Nos vemos.
Cada uno subió a su habitación. Yo estaba tan contento y emocionado que no podía dormirme.
El día siguiente sería esplendido, sin lugar a dudas.



Cap. VI

Y el enemigo llegó, y todos se prepararon para la batalla. Pero los no-muertos hicieron algo que nadie en la ciudad esperaba. Fila tras fila, los no-muertos se ordenaron más allá del alcance de los arqueros. Era algo que nunca nadie había visto. No es que no hubiese habido ataques de no-muertos (que los hubo), pero esta vez era diferente. Antes habían sido mucho menos numerosos y mucho más desorganizados. Y ahora, al ver esas filas perfectamente formadas, todos en la ciudad se dieron cuenta de que algo iba a salir terriblemente mal.
Se levantó viento. Los estandartes y banderas de la ciudad (una fuente blanca sobre fondo verde) comenzaron a ondear con fuerza, y los defensores se hincharon de orgullo. Sin embargo, el viento también trajo el nauseabundo olor de las líneas enemigas. Era un olor tan fuerte, rancio, putrefacto y desagradable que más de un defensor se agachó y vomitó, e incluso algunos se desmayaron.
Además, había otra cosa rara en sus oponentes: el número ¿Cómo había conseguido, quienquiera que estuviese al mando de esa horda, reunir tal cantidad de cadáveres que luego, reanimados con magia, servirían a los oscuros designios de su amo? A más de uno se le hizo obvio que allí estaba actuando una voluntad muy poderosa.

De repente, las filas de no-muertos se abrieron, para darles paso a tres figuras misteriosas. Elath y Melme, vencidos por la curiosidad, al igual que muchos otros, descendieron rápidamente de la muralla y fueron hacia la puerta, que había sido abierta, y donde se encontraba una multitud ansiosa, curiosa y temerosa. Se abrieron paso hasta la primera fila.
Las tres figuras se acercaban. La multitud se estremeció al verles. Las figuras parecían estar desarmadas. Las dos de atrás eran hombres, bastante parecidos. Hermanos. Ambos vestían igual, con prendas de tela y cuero negro, y collares, brazaletes y aros de blanquísimo hueso. Sus rostros eran largos, serios y duros. Sus ojos, negros como la noche, y sus cabellos, blancos como la nieve. Su expresión era tan seria que daban la impresión de no haber sonreído nunca.
Pero la figura que venía delante acaparaba toda la atención. También vestía de negro, aunque la tela era de mayor calidad, y la capa carmesí con bordados de oro que lo envolvía mostraba que era poderoso e importante. La piel era amarillenta, como las páginas de un libro viejo. Tenía demasiadas arrugas, las uñas negras y muy largas, y los dientes también negros. No tenía cabello, y sus ojos, que en el pasado habían sido azules como el mar, ahora eran claros y gélidos como el hielo.
Cuando estuvieron cerca de la multitud, la figura habló y dijo:
- ¿Quién es el que dirige esta ciudad?
Su voz era como un río que se seca. Antaño fuerte y profunda, pero ahora seca, lenta y apagada. Sin embargo, aún inspiraba respeto y temor.
- Yo - respondió el gobernador, adelantándose y manteniéndose firme, mirando sin temor a los extraños - ¿A que vienes a esta ciudad, amada por todos los de buen corazón, Lich8, y acompañado de dos nigromantes9 y un ejército de no-muertos?
- Eso lo discutiré con aquellos a los que tú nombres embajadores, y que deberán acompañarme a mi hogar.
Pero antes de que el gobernador dijese algo, Elath y Melme dijeron:
- Nosotros iremos - y se adelantaron.
El gobernador los miró, atónito, y luego dijo:
- Está bien, vayan. Y que las bendiciones de los mil dioses los acompañen.



Cap. VII

En serio, estaba tan contento que no podía dormirme. Por mi mente desfilaron miles de ideas y frases, cada una más absurda que la anterior. Mi imaginación recreaba una y otra vez la futura escena, hasta que todo pareció irreal.
Me encontraba en una situación que, por un lado, me aterraba más que ver al Inmortal10 , pero por el otro, me excitaba (no seáis mal pensados) y me llenaba de energía y ganas de hacer algo.
La cuestión es que logré dominarme y dormir unas horas. Me levanté, vestí, tomé mis cosas y salí unas dos horas antes de la& digamos&cita, a falta de una palabra mejor (pues ni "encuentro" ni "reunión" me parecen "adecuadas") Me dirigí al Este, al río (no sé su nombre, pero este río es una continuación del río del pueblo anterior. Parece que es un río bastante largo), donde me bañé. Me sequé con una manta, me peiné (nada de cosas raras ni peinados complicados, simplemente me dejé el pelo suelto) y, ya que estaba, me puse a buscar flores. Encontré bastantes, y de varios colores. Había blancas, amarillas, rojas, azules y violetas (les debo los nombres; siempre fui pésimo con las plantas) con las que hice un bonito (al menos así me parecía a mí) ramo para Melme.
Oculté el ramo dentro de la capa y volví a la posada. Tuve suerte de que aún era temprano, y la gente no me vio, o hubiera sido insultado y echado a patadas. Sin embargo, no era tan temprano como pensaba, puesto que cuando entré ella estaba esperándome. Es increíble. Mi primera "cita" (sigo buscando una palabra mejor), y llego tarde.
En fin, la cosa es que ella estaba allí, esperándome para desayunar, sentada en el mismo lugar que la noche anterior. Al parecer, iba a ser un desayuno bastante austero. Además de los utensilios (tazas, cucharas, cuchillos y servilletas) había pan, miel, manteca, queso (una cosa blanca y blanda, que ni me atreví a tocar) y leche. Al aproximarme a la mesa, saqué el ramo de flores y dije:
- Flores para la reina de las flores.
(Lo sé, lo sé, pero fue lo único que se me ocurrió)
- Gracias, es muy lindo - dijo Melme, y sonrió.
Como no dijo nada más, yo volví a hablar (y volví a decir algo estúpido). Aposté todo a una sola carta y, tragando saliva, dije:
- Hay...algo que...quiero decirte,... Melme (la miré a los ojos). Vos
... me gustas, y mucho.
Se que fue una terrible idiotez decir eso, y más en la primera cita, pero mi curiosidad venció a mi miedo. Recé para que mi corazón no se equivocase.
En fin, esto fue lo que pasó a continuación:
Ella casi se atragantó al oírme decir semejante cosa. Cuando dejó de toser, noté que estaba sonrojada. Me miró largo rato (y yo deseé estar lo más lejos posible de esos bellos ojos) y luego dijo:
- Eso es muy... (Se pasó la lengua por los labios) halagador, ¿pero no es un poco pronto? Digo, no sabemos nada el uno del otro.
- Lo sé, lo sé, pero no podía soportarlo más. Tenía que decirte que eres lo único que de verdad me importa en el mundo y que eres la más bella de todas las mujeres que existieron, existen o existirán.
Ella se quedó otra vez en silencio (y nuevamente volví a sentirme terriblemente incómodo), mirándome y pensando, hasta que dijo:
- Está bien. Te daré una oportunidad. Hay muchas cosas que me gustaría saber de ti, así que&
Luego siguió una larga conversación (se extendió más allá del almuerzo) en la que cada uno le contó al otro su historia, las cosas que le gustaban y le disgustaban, y donde descubrimos que teníamos mucho en común. Eso era algo que yo había supuesto la primera vez que la vi. Pues rara vez (ninguna, de hecho) mi corazón se equivoca.
Cuando le conté que nunca había besado a una mujer en mis tres décadas de vida (¡vaya uno a saber por qué!), se rió y no me creyó, pero yo le aseguré que era cierto. Entonces ella dijo:
- Eso tiene fácil solución.
Se abalanzó (por decirlo de alguna manera) sobre mí y me besó apasionadamente. Y cuando sentí que sus labios tocaban los míos, me di cuenta de que había encontrado el significado de la Felicidad.





Cap. VIII

¡Que cansada que estoy! - dijo Melme, pero lo dijo mas para romper el pesado e incomodo silencio que se había formado, que para decir que estaba cansada.
Había algo realmente misterioso y aterrador en el silencio. No era natural, pues, aunque caminaban por el Camino Blanco, el bosque estaba a su izquierda, a sólo unos pasos. Pero de este no salía ningún sonido. Ni siquiera había viento, y los árboles parecían cada vez más un mudo e inmóvil ejército que los vigilaba incansablemente. Tampoco vieron ningún animal, ni en la tierra ni en el cielo&
- No te preocupes, querida, ya falta poco - respondió el Lich, sin darse vuelta para contestar.
Habían estado caminando desde la noche anterior, y ahora la noche estaba por caer de nuevo en Galath, liberando al frío y la oscuridad por unas horas11, y aún no habían llegado. Elath y Melme sabían que algo iba terriblemente mal. No solo por el silencio, que les caía encima como un manto de plomo, cargado de miedo y pesadez, sino también por las tres figuras a las que seguían. Ninguna de estas tres figuras había hablado, y ni siquiera habían hecho una pausa para desayunar, y mucho menos para almorzar. Era como si estuviesen ausentes, como si fuesen autómatas, máquinas inspiradoras de respeto y temor.
La oscura capa de la noche cayó sobre ellos, pero siguieron caminando bajo la tenue luz del cielo siempre gris12. Además, la niebla manó del suelo. Ahora apenas veían un par de metros por delante de ellos. Y para peor, algo aulló. No era un lobo, sino un aullido nacido del puro dolor, la desdicha y el sufrimiento de una pobre y miserable criatura. Ni siquiera la tortura de un demonio provocaría semejante gemido.
El miedo y el frío se les instalaron a Melme y a Elath hasta la médula de los huesos. Algunas formas geométricas comenzaron a esbozarse a través de la niebla. Y allí se quedaron. Habían llegado a las ruinas de la primera ciudad de las Mil Fuentes13.
Avanzaron un poco más por la niebla, hasta que encontraron una escalera. Bajaron y bajaron por la larga escalera de caracol. Puños de bronce en las paredes sostenían antorchas, y la mágica y azulada luz de estas le daban un aire etéreo y misterioso a las paredes de ladrillos coloreados con imágenes y runas, algunas meramente decorativas, pero otras cargadas de magia y poder. Sin embargo, estarían a salvo mientras permaneciesen cerca del Lich y los nigromantes. Pero si se alejaban, tendrían que enfrentarse a horrores innombrables.

Tras lo que pareció una eternidad (aunque solo fueron unos pocos minutos) el grupo llegó a una sala tan alta que ni siquiera los mágicos y eternos fuegos de las antorchas llegaban a iluminar el techo, que se mostraba como la boca de un monstruo dispuesto a engullirlos en cualquier momento. Los ladrillos multicolores dieron paso a la fría, húmeda y monocromática piedra. Todo en la larga sala era de piedra: El piso, las paredes, las altísimas columnas& Excepto las puertas, pues, mientras avanzaban por el centro de la sala, flanqueada por columnas, pudieron ver que había muchas puertas, todas de madera ordinaria y con una estatua a cada lado. Pero ellos se dirigían a la puerta que estaba al final de la sala, y que en todo era igual a las demás, excepto porque no tenía ninguna estatua para que la protegiese.
Luego de atravesar la puerta y algunas habitaciones vacías, llegaron a lo que parecía ser un comedor. Tenía un fuego que ardía alegremente en el hogar, tapices y alfombras le daban un aspecto cálido y acogedor, y una mesa y cuatro sillas en el centro. En la mesa, había suficiente comida y bebida para ocho personas. Había carnes de todo tipo, algunas solas y otras con salsa, frutas y verduras de muchos colores, vino tan fuerte que había que rebajarlo con agua, pan, miel, crema, dulces y muchas cosas más, todas hechas con esmero y dedicación.
- Comed y bebed, mis queridos invitados, luego les hablaré - dijo el Lich, dirigiéndose a Elath y a Melme, que aún seguían tomados de las manos. Luego, con un gesto, despidió a los nigromantes. Elath y Melme comieron, pero a pesar de las delicias que tenían ante sí, apenas probaron bocado. Ni siquiera el hambre logró persuadirlos. Cuando terminaron, el Lich comenzó a hablar:
-Veréis, lo que tengo que deciros no os agradará en demasía, mis queridísimos invitados, así que seré breve. Hace ya una semana que El Inmortal llegó a mi humilde morada con un mensaje muy claro y sencillo.
"Debes destruir la ciudad de las Mil Fuentes", me dijo. Y debo obedecerlo, aunque tal no es mi deseo. Sin embargo, le haré caso, pues si lo desobedezco recibiré algo peor que la muerte. Es una lástima que tenga que pasar a sangre y fuego a vuestra ciudad, tan bonita que es, y en la que disfruté tanto en los ya lejanos días de mi juventud&
- ¿O sea que para salvar tu pellejo dejarás que miles perezcan? - intervino - Melme, furiosa.
- Si, señorita - respondió sencillamente el Lich. Y ahora, id y dormid bien. Allí (y señaló una habitación con la puerta abierta) os hospedaréis esta noche. Mañana os despertaré temprano, desayunarán, y les daré un par de buenos caballos para que volváis a vuestra ciudad a avisarle a vuestro gobernador que mañana por la noche comenzará el asedio. ¡Buenas noches!
El Lich salió de la habitación, cerrando con llave. Elath y Melme estaban completamente desanimados. Sabían que la batalla sería terrible, larga y dura. Muchos morirían. No era justo. Sin embargo, ellos harían todo lo posible por lograr la victoria. Una pregunta llegó a sus mentes: ¿Tan terrible era el castigo del Inmortal como para obligar a alguien tan poderoso como un Lich a obrar así?

El día ya había nacido, y Elath y Melme ya habían desayunado, y habían partido rápidamente hacia la ciudad, a comunicar la terrible noticia.
Cuando llegaron a la ciudad ya sólo quedaban tres o cuatro horas de luz. Le contaron todo al gobernador. Este estaba visiblemente preocupado, y dijo:
- Esto es mucho más grave de lo que esperaba. Muchos de nosotros no viviremos para ver un nuevo día. A pesar de todo, no creo que exista mejor muerte que caer en una batalla defendiendo aquello que amamos.
Y sonrió, a pesar de su inmensa tristeza.




Cap. IX

Discúlpame, diario, por no haber escrito nada en ti en estas últimas semanas, pero he estado muy ocupado. En fin, resumiré las cosas que han pasado.
Sigo siendo la pareja de Melme, y cada vez nos conocemos y llevamos mejor (aunque aún no hemos llegado "al acto", por decirlo de alguna manera, pero confío en que sucederá pronto). Después de todo, ya han pasado dos meses, y creo que ya es tiempo de que nos conozcamos mejor.
Y ahora, al estar cerca de ella, es cuando me pregunto: ¿Dónde estuvo antes, como pude tardar tanto tiempo en encontrarla, y como pude vivir sin ella durante tanto tiempo?
Es una larga pregunta, pero la respuesta es muy breve: No lo sé. No tengo idea de por qué es así. Lo único que puedo decir es que "el amor es así".

Estoy cambiado. Lo sé, puedo sentirlo. Antes quería ir adonde mis pies me llevasen. Pero ahora quiero conseguir un trabajo y una casa para poder vivir el resto de mis días rodeado del amor de Melme. ¿Es que acaso me estoy volviendo viejo o es que el amor logró cambiarme? Nuevamente, no tengo idea, pero espero que no sea lo primero. Aún quiero vivir muchos años más... ¿Es que acaso el amor me cortó las alas y el deseo de ser libre? O también puede ser que yo haya madurado, claro está (Pero eso es un símbolo de vejez ¿no?) Si en verdad he madurado, es una verdad que me entristece. No me malinterpretéis, estoy contentísimo por mi relación con Melme, pero estas "concesiones" me molestan. Supongo que es el precio del amor.

Aún no sé cuanto viviré, y mi ignorancia es como una daga en el corazón. ¿Y si muero antes que ella? O peor aún: ¿Y si ella muere antes? No sé que hacer, pero está noche le hablaré de esto y despejaré mis dudas.

Dos meses. Tanto y tan poco a la vez. En cuanto a las cosas que sucedieron, la verdad, no pasaron muchas. Seguimos juntos (esto ya lo dije, ¿no?), viajando. En uno de estos viajes fuimos atacados por un puñado de bandidos (nosotros salimos ilesos, pero ellos... Bueno, quizás sea mejor no contar lo que les pasó) Además de unas cuantas monedas de oro (que nunca vienen mal), obtuve una daga, para así poder reemplazar a mi espada, que regalé a Melme, demostrándole que me importa, y mucho. Luego, en el próximo pueblo en el que paramos (bastante pintoresco, con un lago y una montaña reflejándose en él) gasté parte del oro encargándole a un herrero (un enano, el único del pueblo, de hecho. Y no sé por qué, pero no me pareció un enano corriente) que volviese a forjar la daga y que grabase "Melme" en la hoja.
Había (y sigue habiendo) algo raro en esa daga, como pude notar (y también el herrero, aunque me aseguró que el metal de la hoja y la empuñadura era corriente, y que no estaba imbuido con ninguna clase de magia) Espero que tenga razón&

En fin, no hay mucho más que contar. Mi existencia transcurre felizmente, aunque eso no quiere decir que nunca nos peleemos, aunque siempre nos reconciliamos). Hoy llegaremos a la célebre ciudad de las Mil Fuentes, y creo que esta será una noche "especial".




Cap. X

- Como decía, solo hay una posibilidad de ganar esta batalla – dijo el gobernador.
- Así es, señor – respondieron Elath y Melme.
La reunión era en el despacho del palacio del gobernador. El lugar estaba limpio y ordenado, decorado con sobriedad, con muchos libros, alfombras, una mesa, sillas, y otros artículos de oficina. Ya comenzaba a haber menos luz, y la reunión tenía algo oscuro y deprimente.
- Si, así es. ¿Están dispuestos a hacerlo?
- Yo lo haré – contestó Melme y, volviéndose hacia Elath – No, amor, tú haces más falta aquí.
Ambos hombres se miraron. Melme se había cruzado de brazos, y no cambiaría de opinión. Al unísono contestaron, con voces pesadas y resignadas:
- Está bien
- Sabía que lo entenderían. Y ahora, adiós.
Se despidió con un gesto del gobernador, y con un beso de Elath. Él pudo notar la tristeza en la voz de ella y, con lágrimas en los ojos, le dijo:
- Cuídate
- Tu también – le replicó ella, también con lágrimas en los ojos.
Y se fue. El gobernador dijo:
- Esa muchacha tiene el corazón de oro. Se nota que se quieren mucho
- Sí – contestó sencillamente Elath. Es… una diosa
- Lo entiendo, joven, lo entiendo – el gobernador sonrió – Pero, pasando a cuestiones más prácticas, ¿No le convendría a usted ponerse algo de protección? Una cota, un escudo, un casco, algo…
- Le agradezco mucho su consejo, señor, pero prefiero confiar en mi destreza.
- Como usted quiera. Y ahora le pido que se retire, y llame a mis hijos, que deben estar esperándome. Aún hay mucho que pensar.
- Bien, señor.
Elath salió, avisándoles a los hijos del gobernador (que estaban cerca de la puerta) que su padre los quería ver. Luego volvió a su puesto, saludando a los guardias del palacio.
Aún quedaban dos horas antes del anochecer, y todavía no podía creer el lío terrible en el que se había metido de cabeza. Recién ahora estaba tomando conciencia de lo que había hecho (y de lo que tendría que hacer), pero ya no podía hacer otra cosa mas que luchar hasta el final, por Melme y el Amor, por la belleza de la ciudad, y por el gobernador, su nuevo amigo.

Las dos horas pasaron muy rápido (demasiado rápido, pensó Elath), y comenzó la batalla. Todos los arqueros y magos dispararon, pero fue en vano, puesto que los no-muertos levantaron sus escudos (pues parecía que todos llevaban grandes escudos de madera y metal, algo inédito) con los que se protegieron de las flechas, dardos, saetas, jabalinas, bolas de fuego, relámpagos, rocas, dardos de hielo, y todo tipo de proyectiles arrojados por los defensores.
Las puertas de la ciudad se abrieron, y la caballería no chocó con un muro de escudos, sino con uno de lanzas (pues los no-muertos también llevaban armas) que rápidamente destrozó las filas de los defensores, matando caballos y hombres por igual, y derribando a los demás.
Lo poco que quedaba de la caballería consiguió reagruparse y volver a la ciudad. Los que estaban tratando de ponerse de pie, fueron rematados lenta y dolorosamente, descuartizados y devorados sin piedad, sin que nadie pudiera hacer nada por ellos, puesto que las primeras líneas de no-muertos se adelantaron. Pero no para proteger a sus compañeros, como pensaron algunos defensores, sino que eran arqueros (la mayoría mas hueso que carne) que, acomodándose, dispararon.
En la muralla norte, alguien gritó:
- ¡Agachaos, agachaos!
Y hubiera seguido gritando, pero una flecha le atravesó la garganta y murió.
Ahora era una defensa desesperada. En las murallas, los arqueros y los escasos magos (no debía de haber más de dos decenas) continuaron luchando Sin embargo, era inútil, pues lo no-muertos seguían avanzando, y no importaba cuantos cayeran, siempre había más para reemplazarlos.
Y pronto apareció algo todavía peor, que echó por tierra las últimas esperanzas de los defensores, porque lo que vieron las desesperadas miradas de los defensores eran gigantescos no-muertos, aún más altos que las torres de la ciudad. El gobernador no lo podía creer, era el fin. Alguien se le acercó y le dijo:
- Señor, vuestro hijo Almir cayó.
Gracias, mensajero – respondió el gobernador, desecho. No te preocupes, pronto nos reuniremos con él.




Cap. XI

Ánimo, niña, de nada te sirve llorar - pensaba Melme la bella, mientras avanzaba velozmente hacia la puerta Sur, aún libre de enemigos. Estaba terriblemente preocupada, no tanto por su propio pellejo, sino por el triste destino al que parecía dirigirse la ciudad.
Es una ciudad tan bella, con tantas plazas, fuentes y jardines - pensaba ahora Melme. Estoy segura de que sus buenas gentes harán todo lo posible para defenderla. ¿Y si aún así no es suficiente? ¿Y si la ciudad cae y sus habitantes mueren? ¿Y si Él muere? ¿Qué haría yo entonces, como podría vivir sabiendo que por mi culpa murió?
Basta, basta. Deja de pensar así - se contestó a si misma. Cumple tu misión y entierra tus conjeturas. No te preocupes, Él estará bien. Es grande y sabe como cuidarse solo. Y ahora sé un poco más egoísta y piensa en ti misma.

Llegó a la puerta Sur, flanqueada por dos torres, y salió de la ciudad sin complicaciones. Ahora debía seguir un poco más hacia el Sur, para luego doblar hacia el Este, para así rodear la ciudad, y luego de nuevo hacia el Norte, hasta la guarida del enemigo.
No entendía como un Lich, tan temible y poderoso, le tenía miedo al Inmortal. Quizás este conocía su secreto y lo amenazaba. La verdad, a Melme le disgustaba su misión, pero entendía que el Lich debía perecer para que la ciudad viviese. Sin embargo, eso no la libraba de la desagradable sensación que la embargaba. El solo de tener que matar a alguien la enfermaba.

No pudo avanzar mucho más, pues se encontró con dos grupos de soldados, que marchaban en silenciosa y decididamente hacia la ciudad. Sólo sus líderes avanzaban riendo y conversando. Todos llevaban largas cotas de malla, que tintineaban alegremente, y guantes y botas revestidas de acero. Al costado, una larga espada, en la espada, un escudo redondo, y sobre las cotas, una túnica. Las del grupo de la derecha eran negras, con el dibujo de una espada rota en ellas, y las de la izquierda, blancas con dos cerezas bordadas.
Al verla, los líderes hicieron una señal y todo el grupo se detuvo. Ellos avanzaron hacia Melme.
- Salud, buena, joven y bella dama. ¿Cuál es el motivo que propicia nuestro encuentro?
- Saludos, buenos y valientes caballeros - respondió Melme, sin poder evitar sonrojarse. Mi asunto es de vital importancia para el destino de la ciudad que se encuentra a solo unos minutos de aquí. Dispensadme, pero aunque quisiera conversar con vosotros, mi misión es urgente.
- Muy bien, señora. Tenga cuidado, y que las bendiciones de los mil dioses la acompañen - respondió el otro líder.
Los caballeros continuaron su marcha hacia la ciudad, y Melme hacia su misión, ahora más tranquila, al saber que tanto los Caballeros de la Espada Rota y los Caballeros de la Cereza acudían en defensa de la ciudad.




Cap. XII

- ¡A las piernas, disparad a las piernas, maldita sea! - gritaba Elath el Maldito, y sus flechas se dirigían certeramente a las rodillas de un gigante, hasta que logró su objetivo; la flecha (¡Y cuán pocas le quedaban ya!) quebró la rodilla del gigante, y este cayó a tierra, aplastando a muchos de los suyos, y levantando vítores entre los defensores.
Más rápido que el fuego la nueva se extendió, y muchos arqueros imitaron al semielfo. Pero a pesar de sus esfuerzos, no fue suficiente, pues en la Puerta Este cayó un gigante, derrumbando una torre y a la puerta misma, llevando al gris y helado reino de la muerte a muchos valientes, y haciendo que muchas y muy negras hojas cayesen del Gran Árbol.
Sin perder tiempo, los más rápidos de entre los no-muertos pasaron por entre el polvo, los escombros, y los cuerpos aplastados. Eran bastante diferentes a lo que los defensores esperaban. En nada se parecían a los típicos zombis. Estos primeros enemigos caminaban casi encorvados, sus brazos, anormalmente largos, tocaban el suelo, y sus garras y dientes eran curvos y afilados como cuchillos. No necesitaban ninguna arma ni protección: El terror estaba con ellos. Detrás comenzaron a venir otras criaturas, con forma humanoide, pero aún así bastante extrañas. Muchas tenían extremidades de más o de menos, algunos reptaban, otros corrían, otros cojeaban. Algunos eran altos y delgados, otros bajos y robustos, otros no conocían la proporción, y tenían una extremidad extrañamente grande y otra muy pequeña, como si estuviese atrofiada. En otros, las bocas eran más grandes de lo normal, y tenían muchos dientes de más. Otros eran sólo hueso, y se cubrían con corazas y luchaban con hachas, espadas y mazas, a la manera de los hombres. En sólo una cosa eran todos iguales: En el terrible olor que de ellos emanaba.

La primera línea de defensores tembló, pero no dio un paso atrás, y trató de mantenerse firme. Grandes eran los escudos y brillantes las cotas de malla; filosas las espadas y penetrantes las lanzas; sombríos y tristes los rostros, cargados de resignación. Pero por más grande que fuera el empeño de los defensores, por cada enemigo que caía, venían dos a reemplazarlo. Cotas y gargantas eran desgarradas como si fuesen de papel&
Pero entonces sucedieron dos cosas:

La primera, que una figura alta y encapuchada, armada con una magnifica daga, penetró como una flecha entre las filas enemigas. Era Elath el Maldito, y su acero cortaba brazos y cabezas por igual. Estaba mareado, asqueado, con nauseas, y se sentía perdido y, aunque le desagradase el tener que matar, y ninguna pasión ni gusto se reflejaba en su rostro pálido y triste, trataba de convencerse de que lo que hacía estaba bien. Y aunque sabía que sus enemigos eran monstruos, también sabía que antes habían estado vivos, y en su corazón nació el odio, y este odio alimentó el deseo de matar al Lich, por todos los males que estaba causándole a Galath. Y juró en silencio que si lo encontraba en la batalla, lo mataría, aún sabiendo que era imposible...

Muy a su pesar, los defensores de la Puerta del Este retrocedían, aunque hacían pagar caro el avance enemigo, y ya demasiadas y negras hojas había entre los cuerpos de los caídos.
Entonces sucedió la segunda cosa: Los caballeros que había visto Melme llegaron a la ciudad. Tres veces cien eran Caballeros de la Espada Rota14, e igual número Caballeros de la Cereza15. Cien de cada orden se dirigieron a las puertas Norte, Oeste y Este de la ciudad, y grande fue la alegría de los defensores al verles llegar. Con nuevos bríos atacaron, y ninguno de los bandos se dio tregua.
Con la llegada de los caballeros, Elath obtuvo un respiro. Una flecha pasó muy cerca de él, matando a un enemigo un segundo antes de que le rebanase el pescuezo. Rápidamente, se dio vuelta. Su salvador estaba en lo alto de un techo, y a la luz de un fuego, Elath lo vio detalladamente. Era muy alto (aún más que él), y los colores del bosque estaban en sus ropas. Su arco era un prodigio, bello y letal. Y tanto lo tensaba, que parecía que lo iba a romper. Y su rostro era imponente. Muy largos eran los cabellos del Elfo (pues la figura era un Elfo) y le cubrían la parte izquierda del rostro. Una banda de tela le cubría la frente y, como estaba inclinada, le ocultaba el hueco en el que antes había tenido el ojo izquierdo. Y a pesar de la banda y los cabellos, Elath pudo ver que un intrincado tatuaje en el lado izquierdo del rostro del Elfo.
De repente, Elath le gritó al Elfo, y este reaccionó con una velocidad asombrosa. Un no-muerto se había escurrido en silencio hasta donde él estaba. De una fuerte patada en la mandíbula el Elfo lo disuadió de atacarle. Ágilmente, bajó del techo y se acercó a Elath. Este dijo:
- Vos sois...
- Si, lo soy - le interrumpió el Elfo, con voz sombría pero musical. - No me agradezcas nada, soy yo el que debe agradecerte.
Y se alejó, cantando:

"Itarannia kurunne lumare
ba ánninde réki.
¡U nad sunnere
ud énninde ludenne!"

Muchos repitieron el canto del arquero, y las voces se elevaron por encima del clamor de la batalla, y los defensores se sintieron más fuertes, y contraatacaron.
Sin embargo, ninguno de ellos sabía el significado de las palabras del Elfo. Esto es lo que cantó, vertido a la lengua de los hombres:

"La Eterna Primavera siempre vivirá
en esta ciudad.
¡Y no permitiré
que esto cambie!"

Elath se quedó viendo como se alejaba el Elfo, preguntándose que hacia un habitante de los bosques en una ciudad. Tuvo el deseo de ir a preguntarle y viajar junto a él, pero no lo hizo.
Si hubiera obedecido a su deseo, su destino hubiera sido distinto, y quizás (sólo quizás), mejor.





Cap. XIII

Melme continuó yendo hacia el Sur, para luego doblar hacia el Este, internándose en el bosque.
- Al parecer los animales son más inteligentes que nosotros - pensó Melme - pues ya no queda ninguno en este bosque. Me encantaría saber cómo es que huelen el peligro.
Aunque creyó que el bosque estaría muy tranquilo al no haber ningún sonido que perturbara su quietud, pronto se dio cuenta de que no era así. Los rostros pintados en los troncos de los árboles parecían mirarla, las ramas dobladas parecían cernirse sobre ella, y las nudosas raíces la hacían tropezar a cada momento.
Además, estaba oscuro. Los árboles eran muy altos, y sus copas muy cubiertas de verdes hojas, y muy poca de la ya de por sí escasa luz dejaban pasar. Afuera no había tenido ningún problema, con las blancas piedras marcando claramente el camino. Pero ahora, en un bosque cerrado y sin senderos, le sería un poco más difícil orientarse.
A pesar de todo, continuó avanzando en línea recta, hasta que torció nuevamente hacia el Norte y, luego de un rato, pasó cerca de la puerta Este de la ciudad. Aunque estaba lejos, Melme pudo oír los gritos y ver como un gigante caía sobre la puerta, derrumbándola junto con una de sus torres. Y hubiera seguido viendo, pero unos no-muertos rezagados la vieron y atacaron, y ella tuvo que desenvainar su acero, aún asqueada por el deseo de matar, aún sabiendo que tendría que matar algo que ya había estado muerto. Paró la primera estocada, pateando y derribando a su oponente, para luego cortarle los pies. No le gustaba ser cruel, pero no tenía otra alternativa. Luego agachó la cabeza, a punto de ser convertida en puré de un mazazo, y apuñaló a su enemigo en el vientre, aunque de nada sirvió. Su oponente estaba a punto de dar un nuevo golpe, pero ella le rebanó la mano y luego la cabeza. Contuvo (al menos momentáneamente) las náuseas que la embargaban y, antes de que su último rival hiciese algo, ella cerró los ojos y le partió el cráneo de un solo y preciso golpe.
Dio unos pocos pasos vacilantes, y vomitó. Se sentía enferma y comenzó a temblar, pero luego de unos minutos logró serenarse y continuar con su misión, entrando al bosque que estaba delante de ella. Lo atravesó, doblando luego de un rato hacia la izquierda, saliendo del bosque, y volviendo al blanco camino, hacia el Norte, las ruinas y su misión.
Un nuevo día comenzaba a nacer y junto con éste, Melme vio avanzar por el Camino Blanco una blanca figura...




Cap. XIV

Puede que los no-muertos no conociesen el descanso ni la fatiga, pero los defensores sí. Muy a su pesar habían perdido las puertas Este y Norte, dispersándose y ocultándose en las casas, almacenes, talleres, palacios y todo tipo de edificaciones, dispuestos a obligar a sus enemigos a dividirse. A partir de ahora, sería una batalla desesperada.
El grupo de la puerta del Este, del que de sus más de quince veces mil combatientes había caído su tercera parte, se había dispersado, ocupando todo tipo de edificios altos, resistentes y fácilmente defendibles, dispuestos a luchar hasta el final.
La décima parte de aquel grupo (y entre éstos se encontraba Elath) se guareció en un palacio cercano. Muy hermoso era éste, lleno de verdes plantas y blancos mármoles su jardín, con muchas columnas adornado su frente, y paredes pintadas de vivos colores. Y muy grande también, con multitud de habitaciones en sus tres pisos, y los defensores la encontraron equipada con multitud de objetos de lujo y con una generosa despensa. Sólo en esto último reparó el grupo, guiado por los guardias y los caballeros que aún estaban con vida. Todo el grupo pudo comer, aunque poco sabor tenían para ellos aquellos exquisitos manjares: muchos (demasiados) estaban heridos y dolidos, ya fuese en el cuerpo o en corazón, acongojados por sus heridas, por la ciudad, o por aquellos a quienes habían perdido, y grandes cantidades de lágrimas derramaron aquellos héroes y heroínas; otros, doblegados por el agotamiento, habían caído desmayados o dormidos (algunos de ellos para ya nunca volver a levantarse); a otros (entre ellos a Elath) les asaltaban las dudas y las preocupaciones, ya fuese por ellos o por alguien más, y sus ojos perdidos se clavaban en las paredes, viendo sin ver.
Y aunque este era el final, venderían muy caras sus vidas, y lucharían hasta quedarse sin sangre, pues ningún cobarde había entre sus filas.
Luego de comer, descubrieron que la casa tenía un patio interno, donde había una fuente. Y allí los sedientos aplacaron su sed y los heridos lavaron y vendaron sus heridas con las exquisitas sedas que habían encontrado.
Por suerte para ellos, el palacio solo tenía una entrado, pero en caso de necesidad, los defensores podían huir por los techos, y refugiarse en otros edificios.
Sus oponentes no se hicieron esperar, y pronto la puerta gimió al ser golpeada por un ariete (¿En qué momento los no-muertos se habían vuelto inteligentes?). Del segundo piso, alguien arrojó una botella, que impactó en el ariete, prendiéndolo fuego, así como a los que lo utilizaban, pero de nada sirvió.
Los defensores volvieron presurosos a la sala. Ésta tenía muchas columnas, y paredes pintadas con muchas y muy bellas imágenes, con los más vivos colores que existían, pero nadie pudo apreciarlas. Había una forma de entrar a esa sala: la puerta que golpeaban los no-muertos, y tres salidas: dos escaleras hacia los pisos superiores y una puerta que daba a una habitación del mismo piso. Se dieron órdenes precisas para que en el momento en que fuera necesario replegarse, se hiciese ordenadamente. Detrás de las columnas se ubicaron los valientes, y sus enemigos pronto penetraron en la enorme sala, cargados de furia. Pero su vanguardia fue rápidamente destrozada. Sin embargo, por más grandes que fuesen sus pérdidas, había muchos más para reemplazarlos. Muchas y muy negras hojas hicieron caer del Gran Árbol. Y la batalla se volvió encarnizada y dura, el batirse del acero contra el acero, los golpes, los gritos&
Con grandes pérdidas, los defensores comenzaron a replegarse. Unos cuantos retrocedieron a la siguiente habitación, y los demás a los pisos superiores. Pero esto no era más que un truco, pues luego cargaron de nuevo, destrozando las líneas enemigas. Pero estos utilizaron a sus arqueros, y muchos valientes no pudieron ocultarse y cayeron. La planta baja estaba perdida, y la única opción era huir y darles batalla en otro lugar.
Demasiado cansados y heridos estaban los defensores; muchas y muy grandes hazañas habían hecho, y muchas otras habrían de hacer, pero por ahora, siendo tan pocos, nada más podían hacer.
Para permitir que la mayoría huyese, medio centenar de valientes de valientes decidió quedarse, y uno de los caballeros que se iba le dijo a otro que se quedaba:
- ¡Cuando hayamos ganado la batalla, en este lugar se construirá un monumento para que vuestras hazañas y vuestros nombres jamás sean olvidados!
- ¡Te tomo la palabra, hermano caballero! - respondió el que se quedaba, y sonrió por última vez en su vida.

Elath había sobrevivido, y ningún acero lo había tocado hasta ahora, y había huido con los demás. Tenía los ojos llenos de lágrimas por aquellos héroes y heroínas que se quedaban, y él mismo se hubiera quedado, pero tenía que vivir para poder volver a ver a Melme, y juró que no moriría hasta no verla de nueva.
Aún quedaba la quinta parte del grupo con vida (es decir, dos veces cien hombres) pero, exhaustos y cubiertos de sangre. Lograron llegar, mientras veían caer más hojas a sus espaldas, a un edificio alto y largo. Entraron por un agujero en el techo. Lo primero que advirtieron fue que las ventanas estaban tapiadas, y que allí dentro se encontraban ya muchos defensores.
Además de lo oscuro que estaba (las lámparas y antorchas no alumbraban demasiado) Elath advirtió una gran de no-muertos apilados en un rincón. Lo que le llamó la atención fue que la mayoría tenían golpes en las piernas y en las cabezas, como si los hubieran golpeado a martillazos,
Sombría, triste y pesada era la atmósfera de este refugio, isla entre un mar de enemigos. Muchos defensores comían, bebían, descansaba, o trataban sus heridas. A lo lejos, un grupo de guardias y caballeros conversaba en voz baja. Uno de los hombres de este grupo advirtió la presencia de Elath, y se le acercó rápidamente, para decirle:
- Que bueno que aún esté con vida, buen señor. Lamentablemente, muy malas son las noticias que le tengo. Acompáñeme, por favor.
Y Elath siguió al buen hombre, pensando que podía ser peor que la situación actual.



Cap. XV

Melme se quedó quieta en medio del camino. Miraba fijamente a la blanca figura que se acercaba lentamente. La mano firme en la empuñadura, lista para saltar y defenderse del extraño. ¡Y que extraño! La piel muy pálida, casi nívea, los ojos lechosos, la altura antinatural, la firmeza, elegancia y delicadeza de su andar, el rostro noble, joven y hermoso, los cabellos casi blancos recorriéndole como un río de espuma la espalda, las ropas finas, elegantes y casi transparentes, adornadas de plata y oro, la espada al costada, la empuñadura de frágil y pálido cristal, el cinturón cuajado de diamantes...
Pero había algo aún más raro en él: Cada cuatro pasos se tocaba el hombro derecho con la mano izquierda, como si a cada momento quisiera comprobar algo... ¿Pero el qué?
Se acercó a Melme, y la miró fijamente. Su mirada era de hielo y desolación, y de altivez y orgullo.
- ¿Quién... sois vos? - preguntó Melme, maldiciendo en su interior por no poder dominarse y sentirse llena de terror, pero consolándose en que hasta un héroe le temería a esta figura.
- Los hombres aún no habían aprendido a hablar con palabras cuando los Dioses me dieron un nombre. Y pocos de nuestros años16 pasaron antes de que lo perdiera... - dijo la figura, con una voz suave y musical, casi femenina, pero cargada de odio, poder, majestad y sabiduría.
- ¿Perdisteis vuestro nombre? - preguntó incrédula Melme, y con el miedo casi olvidado
- Yo fui el primero en apoyar a aquel cuyo nombre sólo sus fieles conocemos. Él nos quitó nuestros nombres, y nos dio a cambio el más deseado de todos los dones: la inmortalidad.
- ¿Así que vosotros17 no vivís para siempre?
- Yo sí. Y es todo lo que puedo decirle, señorita.
- Pero entonces, ¿qué sois vos?
- ¿Yo? - Y la mirada por un fugaz instante se mostró incrédula y dolorida - Yo soy el Heraldo y el lugarteniente del Inmortal, cuyos poderes son aún más grandes que los de los Dioses.
- Eso es imposible&
- Cuando lo vea, señorita, comprenderá lo que quiero decir. Y ahora, adiós. Tenga por seguro que volverá a verme antes que a mi señor.
Y el Heraldo se esfumó en el aire&

Melme estaba cansada. Caminó una o dos horas más, y se recostó contra un árbol. Se dejó acariciar por los recuerdos de Elath y, sumida en un mundo de pétalos de rosa, se durmió.

Algo le acarició la mejilla y se despertó, preguntándose si el encuentro había sido un sueño&
- No lo fue, señorita - dijo el Heraldo, al tiempo que retiraba su fría y suave mano de la tibia mejilla de Melme, y se ponía de pie.
- ¿Por qué me habéis despertado? - inquirió Melme, levantándose de un salto, furiosa, mientras el heraldo daba un paso atrás.
- Esas fueron mis órdenes, señorita. Y le recuerdo que la única arma capaz de dañarme está perdida fuera de este mundo...
- Entonces tiene un punto débil - pensó Melme. Y dijo en voz alta:
- ¿Y para qué os pediría el Inmortal que me despertaseis?
- Para que lograrais destruir al Lich antes de que éste acabe con la ciudad y con vuestro amado. ¿O no es esa vuestra misión?
El Heraldo volvió a desaparecer, y las preguntas que Melme iba a hacerle murieron antes de salir de sus tiernos labios, pero retumbaron con fuerza en su interior: ¿Cómo es que el Inmortal estaba tan bien enterado de todo? ¿Cuál era su plan? ¿Por qué le había enviado a su heraldo? Pero aún no tenía una respuesta&
Con un nuevo peso en el corazón, se apresuró a recuperar el tiempo perdido. Aún quedaban cuatro o cinco horas de luz. Si todo seguía así, cuando naciese el nuevo día su tarea estaría hecha.




Cap XVI

- Si que es una triste noticia - dijo Elath entristecido, mientras observaba el pálido, frío e inerte rostro del gobernador.
- Al menos murió como un héroe - añadió el semielfo, sonriendo con pesar
Y en verdad había muerto como un héroe, luchando por su amada ciudad. La coraza desgarrada, el escudo partido y la espada mellada eran un fiel testimonio de sus hazañas.
- ¿Y queréis que le lleve su anillo a Dórlin, su hijo que, según vuestros informes, aún resiste en la Puerta Oeste?
- Así es señor - le respondió el guardia - Aunque dispersas, nuestras fuerzas aún son grandes. Y confío en que nuestro nuevo señor nos guiará a la victoria. ¿Comprendes ahora la importancia de tu misión?
- Sí, pero necesitaré ayuda.
- Yo le acompañaré - dijo uno de los Caballeros de la Cereza allí presentes. Dárot, a vuestro servicio - e hizo una elegante reverencia.
- Mi martillo y yo también os haremos kompañía - dijo un Enano - Pero no esperéis que yo, Rúndil, ni Rompehuesos, mi martillo, nos pongamos a vuestro servicio.
- Nunca os pediría tal cosa - dijo Elath - Partiría ahora mismo, debido a la urgencia de la misión, pero estoy exhausto. Dejadme dormir aunque sea una hora, pues apenas puedo mantenerme en pie.

Una hora pasó, y Elath se encontró de nuevo en las calles de la ciudad de las Mil Fuentes con Dárot y Rúndil. Para no dejarse vencer por el desánimo, el miedo y la depresión que imperaban las calles, y olvidar los grandes peligros en los que se sumergían, se pusieron a conversar.
Dárot, que resultó ser el líder de los Caballeros de la Cereza, y un hombre muy curioso, preguntó:
- Discúlpame, señor Enano, ¿pero podríais decirme como es que perdiste vuestra mano izquierda?
- Usualmente konvierto los dientes de los ke me preguntan eso en un kollar - respondió Rúndil, mientras mostraba varios collares hechos con dientes. Pero hoy es vuestro día de suerte, humano. Konservaréis vuestra linda y blanka dentadura y sasiareis vuestra kuriosidad...18
Sin embargo, algo interrumpió sus palabras, pues muy cerca de ellos pasó una extraña figura. Era muy alta, mucho más que cualquier hombre o Elfo. Su piel era completamente blanca. Sus uñas, cabellos y ojos eran de un gris tan claro que apenas podía llamarse gris. Como una larguísima capa le caían los cabellos, casi rozando el suelo.
El rostro era noble, proporcionado, viejo y al mismo tiempo joven. La mirada era una mirada de fuerza, de poder, de determinación, de sabiduría, de gloria, de majestad y (por un brevísimo instante) de tristeza.
Aunque muy alto, su cuerpo era armónico, y sus movimientos elásticos y elegantes. Cada cuatro pasos se llevaba la mano derecha al corazón para luego volverla a su posición original y después llevársela de nuevo al corazón, y así una y otra vez...
De pura plata era la cota, y de nívea blancura las ropas que llevaba debajo, y que resaltaban sus firmes músculos También de plata los brazales, las hombreras, el revestimiento de las botas y la diadema. De diamante el cinturón, y las runas de sus brazales y hombreras. También de diamante las joyas entrelazadas en sus cabellos, y la empuñadura de la espada. De puro cristal era la hoja, y en ella un enorme y malvado poder habitaba. Sólo por un breve (brevísimo) instante vieron (o creyeron ver) un rostro humano en la irregular superficie de la hoja...
La espada era Atrapaalmas, y su portador el Inmortal.

El Inmortal continuó su camino, sin fijarse en ninguno de los tres héroes. De repente, se detuvo. Una flecha le había atravesado la garganta. Lentamente, acercó su diestra y arrancó la flecha. La sangre no manó de la herida, y el rostro no cambió de expresión. Arrojó la flecha a un lado, y siguió su camino.
Elath, Dárot y Rúndil se quedaron inmóviles durante unos minutos, cada uno pensando que oscuro e intrincado plan había creado el Inmortal.
Dárot rompió el silencio diciendo:
- Estoy esperando vuestra historia, señor enano
- Sierto, sierto. Los ninios kieren su historia. Pues es algo muy simple - dijo el Enano -, tan simple komo ke maté a mis padres, y mi pueblo desidió kortarme una mano y además, expulsarme para siempre.
- ¿Y por qué matasteis mataste a vuestros padres, Rúndil? - intervino Elath, más curioso que horrorizado.
- También es muy simple - respondió el Enano - Ellos hisieron kosas horribles, paktos con dioses oscuros y malvados. Sólo yo sabía de esto, y tuve ke matarlos. Pero mi pueblo no lo entendió así... Además, ya estaba harto de la guerra...
- ¿Entonces hay mujeres enanas? Yo creía que nacían de la tierra - dijo Elath, bromeando
- ¿Guerra? ¿Qué guerra? - inquirió Dárot
- Y yo ke los Elfos son todos "raros", y ke por eso kedan tan pokos - le dijo a Elath, siguiendo con la antigua broma y las viejas peleas entre Elfos y Enanos.
- En las profundidades de las montañas que vosotros los hombres llamáis la Espada Roja - le dijo a Dárot - la mayoría de las ciudades enanas se enkuentran en guerra entre sí, una guerra tan larga ke ya nadie rekuerda kómo ni porké komenzó, ni kuantos anios lleva. Y kreedme, perder una mano no es nada comparado kon lo ke vi y pasé allí abajo ¿Satisfechos? - dijo, dirigiendose a los dos
- Sí. - respondió Dárot
- Yo también - respondió Elath. Pero yo no soy uno de tus Elfos "raros". Sólo la mitad de mi sangre es élfica. Y entonces les contó brevemente su historia, al tiempo que recorrían las calles de la ciudad, atacando sigilosamente (al menos lo más sigilosamente que podían) a los grupos de enemigos, ayudando a otros defensores, ocultándose ante una patrulla demasiado numerosa, para luego seguir su camino buscando a Dórlin.
Muchas otras cosas se contaron mientras lo buscaban, como por ejemplo, como Dárot, hace ya dos décadas, en los Años Sangrientos19 , había conocido a Lunder, el Elfo que Elath había visto, y a Inlor (más conocido como El Cazador de Orcos, o Irkamir, en élfico menor), en los años en los que recién se había convertido en caballero. Ahora Dárot tenía más de cuatro décadas, y se estaba poniendo viejo, aunque por su actitud parecía un jovencito.

Tras mucho buscar encontraron a Dórlin en la Puerta Oeste. Había logrado defenderla con éxito, y había hecho un interesante descubrimiento. Era un joven señor, con bucles en los cabellos y una gran energía y determinación. Ya tenía una década y un lustro, así que ya era mayor de edad20, y podría comenzar a gobernar la ciudad. Se llenó de tristeza al enterarse de la muerte de su hermano y de su padre, pero no se desanimó, y les comunicó sus nuevas.
- Grande es mi tristeza, pero aún más grande mi esperanza, pues con mi lanza he abatido a uno de los Nigromantes, y grande fue mi sorpresa al ver que todo su ejército caía con él. En unas horas partiremos, aunque el tiempo apremia, y yo partiría ahora mismo, y le arrancaría el alma de un lanzazo al otro Nigromante, pero ahora debo pensar en todos los hombres y mujeres que me acompañan. Demasiadas y muy negras hojas ya han caído, y me temo que caerán muchas más. Pero ahora descansad y comed algo. Luego me acompañarán a la batalla.
Y todos hicieron lo que su joven señor indicó, y todos partieron a la batalla con él, excepto Elath, que partió sólo, para darle muerte al Lich, aún sabiendo que eso dependía enteramente de Melme.
Profunda era la noche cuando Elath se separó con animosas palabras de los demás. Ese día había hecho buenos amigos.
Sabía perfectamente que lo más probable era que muriese, pero confiaba en que Melme se daría prisa.




Cap XVII

- Despertaos, señorita. La noche es profunda, y aún no habéis acabado vuestra misión. Daos prisa, o no llegaréis a tiempo - le dijo el Heraldo a Melme
Ella, que estaba tendida en el suelo, la espalda apoyada en una columna solitaria, se despertó y miró el extraño paisaje.
- ¿Acaso me habéis traído hasta la entrada de la guarida del Lich? ¿Por qué? - preguntó, aún a medio camino entre los sueños y la realidad
- Sí - respondió humildemente el Heraldo - Os quedaste dormida, y tuve que traeros a cuestas. Descended por esa escalera (y señaló una escalera que Melme recordaba) y al final puede que logréis (o no) vuestra misión.
- Gracias - dijo ella, poniéndose de pie. Muchas gracias. Pero aún no me habéis dicho el por qué.
- Órdenes, señorita - respondió el Heraldo, y se esfumó.

Si antes había estado confusa, ahora si que no entendía nada.
- ¿Por qué el Inmortal me ayuda, si él es el enemigo del mundo? - pensó Melme.
Pero pronto olvidó esos pensamientos y comenzó a descender, espada en mano, preparada para lo peor.
No se olvidó de las runas e imágenes que había visto, y avanzó con cuidado, deteniéndose a cada paso, temblando. Formas horribles, nacidas del frío y la oscuridad; dientes y garras; azul, gris y negro; miedo y temor se le aparecieron.
Algunas sólo eran meras ilusiones creadas con el sólo propósito de asustar, pero otras resultaron ser muy reales, y tuvo que luchar, primero contra ella, para superar su miedo, y luego contra los monstruos, para abrirse paso.

Y logró llegar abajo, a la gran sala de piedra, luz y oscuridad.
- Ya estoy muy cerca, pero ¿cuál de todas las puertas que veo es la correcta? - dijo Melme la Bella, quebrando el pesado hechizo que el silencio había impuesto.
Comenzó a abrir todas las puertas: sabía muy bien que había en la que buscaba.
Vio habitaciones vacías, otras amuebladas, otras con delicados instrumentos de vidrio y metal, otras llenas de estanterías, cubiertas a su vez por todo tipo de libros, otras con mesas, cadáveres e instrumentos médicos, otras llenas de víveres...
Otra cosa que no entendía era la función de las estatuas al lado de las puertas. No eran gárgolas, pues no se movieron ni intentaron atacarla. ¿Acaso eran solo decoración?

Llegó a la puerta sin estatuas. La abrió y penetró en una habitación vacía, con cuatro puertas. Una, la que había abierto, dos, a los lados, y la última, en el lado opuesto a la primera. Probó la de los lados, pero estaban cerradas. Probó la otra puerta, y ésta se abrió. Entró a una habitación vacía, con una puerta en el otro extremo. Tomó una antorcha y abrió la puerta, llegando a una habitación igual a la anterior. Y así varias veces, hasta que pensó que iba a volverse loca, y la antorcha se consumió, pero llegó a una habitación más grande que las anteriores, iluminada por antorchas y, bajo la azulada luz de los mágicos y casi etéreos fuegos, pudo ver una mesa y, encima de ésta, su objetivo: el latiente corazón del Lich.
- Fácil, demasiado fácil - pensó Melme. Aquí debe haber alguna trampa, pero debo arriesgarme.
A pesar del peligro, se dispuso a apuñalar el corazón, matando de esa forma al Lich, pues bien sabía que los Liches se quitaban los corazones y los mantenían ocultos, y si este no sufría ningún daño, ellos tampoco.

- Así que al fin habéis llegado - dijo una voz misteriosa.
- Melme se giró, y pudo ver al Inmortal en persona. Y sintió miedo, pero también coraje y determinación.




Cap XVIII

Elath el Maldito corría a lo que seguramente sería su fin (y uno muy estúpido, por cierto). Y el sabía perfectamente cuan estúpido era lo que estaba haciendo, pero tenía la sensación de que tenía que hacerlo, sin importar el precio a pagar.
Largo rato estuvo buscando a su enemigo. Ya era hora de terminar con todo esto. La batalla lo estaba enloqueciendo, y sólo quería que todo terminase y volviese a ser como antes. ¡Demasiado poco había disfrutado de la otrora bella ciudad, ahora trocada en un amasijo de ruinas, sangre y fuego! ¡Él sólo quería paz de nuevo, y la miel del pasado le hacía sentir aún más amarga la hiel presente! Ese era su objetivo, y nada ni nadie lo detendrían.
Y mucho se esforzó por llegar hasta su oponente, matando sólo cuando no tenía otra solución. Y su esfuerzo dio frutos pues, en una calle desierta, se encontró con su enemigo. Y al verle, éste le dijo:
- Así que al fin llegáis, joven señor. Hace tiempo que os espero.
- ¿Me esperabais?... ¿Por qué? - preguntó Elath, tan sorprendido que olvidó su cólera.
- Creía que ya lo sabíais, joven señor. Yo hago (por miedo y respeto) lo que el Inmortal me ordena. Y lo que él me dijo fue que debía esperaros aquí, y luego luchar contra vos - dijo el Lich, y desenvainó un fino estoque, cuya empuñadura de plata y esmeraldas brilló con luz propia en lo profundo de la noche.
- ¿Por qué todo tiene que ver con el Inmortal? - pensó Elath, pero pronto se concentró en la lucha.
No pudo evitar el primer y velocísimo golpe de su viejo oponente (que era mucho más rápido de lo que su decrépita figura daba a entender), que le hizo una levísima herida en la mano derecha, pero tan bien dada que Elath no podría usar la daga en esa mano.
El semielfo contraatacó con furia, pero era lo mismo que golpear a una roca: ningún daño le hacía a su oponente, aunque muchas veces lo alcanzó, y rezó con más fuerzas para que Melme se diera prisa.
Y así largo rato lucharon, el Lich cada vez más animado, y Elath cada vez más cansado. Ya no tenía fuerzas para atacar, y se limitaba a bloquear los golpes enemigos, aunque varios traspasaron su débil defensa, y lo hirieron ligeramente.

Elath cerró los ojos, sabiendo que no podría detener el próximo y letal golpe, que iba dirigido a su garganta, y sintió cómo el acero acariciaba su cuello, pero siguió respirando. Abrió los ojos, y su enemigo estaba tirado en el suelo, muerto. Y entonces el semielfo se alegró, pues supo que Melme había triunfado.
Cansado y herido como estaba, pero sin preocuparse por ninguna de las dos cosas, corrió hacia la puerta Norte (que casualmente estaba allí cerca), tras haber recogido sus pertenencias, mientras vítores y cantos se alzaban en el aire, y los defensores no salían de su asombro al ver a tan joven y valiente héroe. Pero ninguna atención prestó Elath a esto, y salió de la ciudad, agradeciéndoles a los Mil Dioses su suerte y la de Melme.

Unos cuantos pasos más adelante, en medio del Camino Blanco, Elath encontró un caballo, ya ensillado y preparado para una rápida carrera. Y lo montó, sin preguntarse como tan bello y blanco animal había llegado hasta allí, pensando únicamente en que pronto volvería a estar junto a Melme.
Y tanto espoleó a su caballo, que hizo saltar chispas de las herraduras, al golpear furiosamente las blancas y extrañas piedras del Camino Blanco. Y tan rápido iba, que no se dio cuenta de que su bolsa tenía un agujero, y que entre las piedras cayó su diario...




Cap. XIX

- Así que lo habéis hecho - dijo el Inmortal, después de que Melme apuñalara el corazón del Lich. Es una lástima, ahora debo mataros.
Melme se estremeció, pues creía que el Inmortal decía la verdad. Pero estaba tranquila, pues había cumplido su misión, pero luego se entristeció al pensar que nunca más volvería a ver a Elath. Y por último, pensó si podría (de alguna manera) herir al Inmortal y huir.
El Inmortal se le acercó, le quitó la espada y la hundió en su carne. Luego la sacó y la arrojó contra una pared, haciéndola añicos.
Como puede ver, señorita - le dijo a Melme - no puede huir de su destino. Pero puede quedarse tranquila, pues la dejaré ver a su amado antes de matarla. Es solo cuestión de tiempo hasta que él llegue.

Lentas las horas pasaron, hasta que el Inmortal dijo:
- Ya está aquí. Puedo oírlo con claridad.
Aunque se esforzó, Melme no pudo oír nada, pero en unos minutos sí, y sus ojos, brillando, se fijaron en la puerta, y ésta se abrió y apareció Elath el Maldito.
Y el reencuentro de Elath y Melme fue el más feliz de todos los momentos que habían pasado juntos&
El Inmortal tosió ligeramente (como si quisiera interrumpir a la joven pareja), desenvainó su espada, y comenzó a hablar:
- Esta espada que ven (y señaló a su bellísima arma) se llama Atrapaalmas, y no sólo puede herir como cualquier otra hoja, sino que las almas de aquellos a los que mata permanecen dentro de ella, y son torturadas, y lo seguirán siendo hasta que la hoja se quiebre...
- ¿Por qué haces esto? - preguntaron Melme y Elath al mismo tiempo, tomados de la mano.
- Porque puedo y... (sonriendo)... porque quiero.
Acto seguido, atravesó a Elath y luego a Melme, matándolos y robando sus almas. Y lo último que vieron antes de morir fue el rostro del ser amado&

Cerca de la Puerta Norte, en el Camino Blanco, Lunder (el Elfo al que Elath le había salvado la vida) encontró un libro. Lo abrió y, sonriendo (pues estaba escrito con los caracteres de su pueblo, lo Elfos Nómadas o de los Bosques), leyó: "Diario de Elath el Maldito"
Continuó caminando y leyendo el diario, hasta que llegó a la guarida del Lich. Entró y retiró de ese lugar macabro los cuerpos de Elath y Melme, y les dio honrada sepultura, a la manera de los hombres, en lo alto de una colina, debajo de un árbol, y en una roca talló sus nombres, y dijo:
- Así como en la vida, que en la muerte también permanezcan unidos. Y juro por ustedes, Elath el Maldito y Melme la Bella, que vuestras muertes no habrán sido en vano, que sus nombres y hazañas jamás serán olvidadas y que, de alguna manera, os vengaré y liberaré vuestras almas prisioneras.

El día murió, y con él muchos sueños y esperanzas. Lunder partió. Oscuro era el destino que los dioses le habían reservado, aunque la mano de uno de ellos lo protegía.
Y muchas cosas habrían aún de suceder hasta que se le presentase la primera oportunidad de cumplir su palabra. Y jamás olvidó, aunque prácticamente no los había conocido, a estos jóvenes amantes, y en honor a ellos, siempre llevó consigo el diario de Elath el Maldito.

Fin








Notas del autor:

[1] Galath (El mundo).  (Volver)

[2] La Eterna Primavera es el nombre de una de las cuatro regiones del Oeste. También existen estas regiones en el Este.  (Volver)

[3] Maldito (Un semielfo).  (Volver)

[4] Años Sangrientos (36800-36801) Gran guerra iniciada por los Orcos (aunque se cree que fue incitada por El Inmortal) para acabar con los Elfos de la Luz y los Humanos. Sus resultados fueron catastróficos. Los Orcos se extinguieron y los Elfos de la Luz se vieron seriamente mermados, al perder sus últimas ciudades y verse obligados a dispersarse. Sin embargo, la guerra se ganó, gracias a las valerosas acciones del héroe conocido como El Cazador de Orcos, portador de la ya legendaria Espada Sin Nombre.  (Volver)

[5] La Dama Verde es una de las diosas de la naturaleza. Grande es su belleza, incluso entre los Dioses. Tiene los cabellos, los ojos y la piel ligeramente verdes, de ahí su nombre. Es la hermana de Tos, El Arquero. Ambos son los dioses más queridos por los elfos nómades o de los bosques.   (Volver)

[6] Esto es, ni muy pálido ni muy oscuro.  (Volver)

[7] Los aventureros siempre abundaron en Galath. El ansía de fama y riqueza siempre pudo más que los peligros del ancho mundo. Además, era una forma de escapar de la monotonía y la opresión.  (Volver)

[8] Los liches son (o fueron) magos que, por diversos motivos y técnicas mágicas, no pueden morir por metodos convencionales. Generalmente tienen aspecto de ser viejisimos, muy inteligentes y tranquilos.  (Volver)

[9] Magos, estudiosos de la Muerte y lo relacionado con ella. Son muy despreciados, aunque muy pocos representan una amenaza.  (Volver)

[10] El Inmortal es una figura oscura y malvada. Como su nombre lo indica, él encontró la forma de no morir. Se dice que su poder es tan grande que los dioses no pueden manifestarse fisicamente en Galath. Sus planes son complejos y nadie más que él y su ejército los conocen. Se cree que él provocó la guerra entre Orcos y Elfos (y Humanos), además de muchos otros males.  (Volver)

[11] Diez, para ser exactos. Luego de esas diez horas de noche, hay una hora en que el Árbol comienza a iluminar, pero débilmente. Luego de esa hora, hay diez de luz plena. Después de esto, hay una hora en la que comienza a apagarse, y finalmente llega de nuevo la noche.  (Volver)

[12] En realidad el cielo en Galath es incoloro y transparente. Se lo ve gris debido a que Galath (y el resto de los mundos que conforman el Universo) están dentro de otro mundo, gris y frío, por donde circulan las almas de los muertos (no todas, muchas van a otros lugares). Este mundo es el que permite viajar entre mundos, aunque, claro está, el riesgo y los peligros son inmensos.  (Volver)

[13] Nadie sabe a ciencia cierta el por qué del abandono de esta ciudad. Lo que si se sabe es que llevaba muchísimo tiempo así.   (Volver)

[14] Una antigua orden de caballeros de a pie, especializados en luchar contra criaturas no humanas. Su nombre deriva de la hazaña de su fundador que, en una terrible batalla, mató a un poderoso demonio con su espada rota.   (Volver)

[15] Otra antigua orden de caballeros de a pie. Su origen, al igual que el de su extraño nombre, es todo un misterio. Al parecer, siempre estuvieron aliados con los Caballeros de la Espada Rota.  (Volver)

[16] Es decir, los años de los Elfos, pues la figura "es un elfo".  (Volver)

[17] Es decir, los Elfos.  (Volver)

[18] A pesar de vivir en una ciudad cuya población es mayoritariamente humana, Rúndil aún tiene el fuerte acento de los de su raza.  (Volver)

[19] 36800 - 36801. Para más información, ver nota 4.  (Volver)

[20] En la mayoría de las culturas de Galath, la mayoría de edad se alcanza a los quince años, debido a que la esperanza de vida ronda los cuarenta-cincuenta años.  (Volver)
Sunday the 23rd.
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