Turno de noche

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Publicado el Domingo, 27 Septiembre 2009 Escrito por Albarji

Turno de noche

Autor: Albarji


 

“Ring”… “Ring”… “Ring ring ring”

El médico despierta sobresaltado. Estaba durmiendo apaciblemente hasta que ese sonido tuvo que perturbarle. Se trata del timbre de la recepción del centro de salud. Entreabre los ojos lentamente, y con visión borrosa busca el reloj de pared de la consulta. Las 3:27 de la madrugada.

“Ring ring ring”

El timbre insiste en no dejarle en paz. Lentamente, tomándose su tiempo, el médico se incorpora de la camilla donde estaba durmiendo.

- Ya tuvo que venir alguien a tocar los cojones a estas horas.

Malhumorado, se pone de pie. Se ajusta un poco la bata, llena de arrugas por el tiempo que ha pasado tumbado. En una pequeña placa situada en el pecho puede leerse “Doctor Carlos Belaya”.

El Doctor Belaya es un recién llegado al Centro de Salud Nuestra Señora de la Esperanza, y como tal normalmente le toca a él encargarse de los turnos de guardia más ingratos. Esta noche no es una excepción. Afortunadamente el centro se encuentra en una pequeña localidad, y por tanto es poco habitual que alguien aparezca por allí de madrugada. Dado que, según piensa él mismo, el tener que soportar todas esas guardias es una injusticia hacia su persona, lo suyo es que pase esas horas echando un sueñecito. Total, prácticamente nadie va a necesitar de sus servicios. Aunque siempre hay alguna noche en la que algún idiota viene a quejarse de lo mucho que le duele la cabeza, o de tener un cólico por haber bebido demasiado. Tantos años de estudiar una carrera como Medicina para terminar en un centro de salud de mala muerte, recetando Aspirinas y Gelocatiles. Y para más inri a esas horas.

“Ring ring”

- Ya voy leñe…

Pensando en qué clase de imbécil le tocará atender esa noche, el doctor sale de la consulta arrastrando los pies, hasta la recepción. Enseguida ve a una señora, de en torno a unos cuarenta y pocos años, que sujeta la mano de un niño que rondaría los doce. La madre muestra cara de preocupación y de haber salido precipitadamente de casa en mitad de la noche. El niño parece somnoliento, y sujeta en su otra mano un muñeco de uno de esos bichos japoneses tan de moda ahora. En cuanto el doctor entra en la recepción por el otro lado del mostrador, la madre le mira con una expresión de indignación.

- ¡Oiga usted, llevo cinco minutos haciendo sonar el timbre y aquí no ha aparecido nadie para atendernos! ¡Le parecerá bonito!

“Lo que me faltaba, encima de las que les gusta montar escandalera”, piensa el doctor.

- Señora, estaba ocupado.
- El niño no se encuentra bien. Ha vomitado en la cama y le duele el estómago.
En opinión del doctor, por su aspecto el niño parece encontrarse bastante bien. Pero sabe que terminará antes si le pasa consulta.

- Entren a la sala de consulta número 3.

Sin decir más, el médico vuelve por donde ha venido. A la madre tal cosa no le hace ninguna gracia, pero por el momento se calla y arrastra a su hijo hasta la puerta con el rótulo “Consulta 3”. Entran dentro. A pesar del aparato de aire acondicionado, el ambiente parece un tanto sobrecargado. La camilla está cubierta con una sábana arrugada. Madre e hijo se sientan en sendas sillas frente a la mesa de la consulta. Tras un rato de espera, el mismo médico antipático que les ha atendido en recepción entra por otra puerta y se sienta en el lado opuesto de la mesa. ¿Por qué no les había acompañado antes? Ahora, además de antipático, la mujer piensa que es un prepotente.

- Cuénteme que le ha pasado al crío.
- Como ya le he dicho, me ha despertado a eso de las dos de la noche, quejándose de que le dolía el estómago y de que había vomitado en la cama.
- Sí, suele pasar… a ver chaval, ¿comiste algo raro ayer por la noche?

El niño, jugando con su muñeco haciendo como si estuviera sobrevolando el lugar, no parece tener ningún interés en el tema.

- ¡Niño, que te estoy hablando!
- No sé.
- ¿Cómo que “no sé”?
- No sé si comí algo raro.
- Se tomó una cena como las de todos los días – interpone la madre – así que eso no puede haber sido.
- Déjeme que decida yo eso, que para eso soy el médico. ¿Qué clase de cena es esa?

La madre pone cara de asco, pensando de nuevo en lo insolente que es el médico con el que se ha topado. Encima joven: seguro que no tenía ni idea. Aun así responde.

- Ayer le puse un filete empanado que había sobrado de la comida. Con patatas fritas. Y unas natillas de postre.
- Probablemente algo de eso estaba caducado.
- Ya le he dicho que estaba todo en buen estado, así que eso no puede ser.

Viendo que siguiendo por ahí no iba a lograr librarse de ellos, el médico decide cambiar de estrategia.

- Puede que haya cogido una gastroenteritis. Hay un virus ahora que se está propagando bastante. Que el niño se tome esto – dice mientras rellena una receta – durante una semana y que siga una dieta blanda. Ya sabe, arroz, pescado blanco, pan tostado… esa clase de cosas.
- Yo en estos casos suelo darle zumo de limón y sopa de pollo.

“Su puta madre, pues si ya sabías qué darle no sé para qué cojones vienes a dar el coñazo a estas horas”, piensa el médico. No lo dijo, claro está, pues aunque no le gusta su puesto, es mejor que nada.

- Sí, sí, eso también valdrá. Nada más, espero que se mejore.

“Y que no vuelva por aquí a molestar”. La madre se levanta de nuevo llevando al niño de la mano.

- Muchas gracias, buenas noches – aunque su expresión más bien quiere decir algo como “menudo estúpido”.
- Adiós.

Y diciendo esto el médico cierra de un portazo. Por fin. La consulta no ha durado más de 10 minutos, pero lo suficiente como para haberle desvelado por completo. Ahora tendrá que esforzarse para volver a dormir. Se recuesta de nuevo en la camilla, se coloca las sábanas por encima y cierra los ojos. Al poco rato ya está roncando.



“Ring ring ring”

- … su puta madre…

Las 4:03 de la noche. Y otra vez el timbre sonando. “¿Es que no puede descansar uno en paz? Ya es mala suerte que vengan dos en la misma noche.” El médico se incorpora, vuelve a alisarse un poco la bata, y sale de nuevo a la recepción. Nada más entrar en la sala se encuentra de nuevo a la misma señora.

- ¿Otra vez? ¿Y ahora qué quiere?

De nuevo, la mujer pone cara de asco al reencontrarse con el doctor.

- La farmacia de guardia está cerrada. No he podido comprar el medicamento que me ha recetado.
- Mañana por la mañana estará abierta – dijo el médico, dispuesto a marcharse.
- Disculpe usted…

“Bueno… ya la hemos liado. Ahora se pondrá histérica”

- … estoy muy disgustada con el trato que estoy recibiendo. Si estoy pagando mis impuestos es para que me atiendan con el debido respeto. Me parece vergonzoso que usted se dedique a dormir cuando debería estar de guardia, y que encima nos trate de esta manera.
- No estaba durmiendo.
- ¿Usted se ha pensado que soy idiota? ¡No me niegue lo evidente!
- Mire, yo no tengo la culpa de que la farmacia esté cerrada. Y en este centro no se dispensan medicamentos. Su hijo está perfectamente, así que ya se lo comprará mañana.
- ¡Esto es una vergüenza!
- Señora, no dramatice. Yo la he pasado consulta, si tiene alguna queja, diríjasela al farmacéutico.
- ¡Quiero la hoja de reclamaciones!
- El personal de administración no estará aquí hasta las 8 de la mañana. Vuelva para entonces.

Con eso, el doctor se da la vuelta y abandona la sala, cerrando la puerta tras de sí. Se siguen escuchando las quejas de la mujer, pero él ya no presta atención alguna. Vuelve a la consulta número 3 por el camino que no pasa por la recepción y se echa de nuevo a dormir en la camilla. No le preocupan las amenazas de la mujer: él ha pasado consulta a su hijo como debía hacer, y la receta que le ha dado es correcta. “Que reclame mañana si quiere, no va a servir de nada”. Enseguida está durmiendo tranquilamente de nuevo.



“Ring” … … … “ring” … … … “ring” … … “ring”

El timbre suena de nuevo, esta vez tímidamente, emitiendo sonidos regulares. Aunque son sonidos débiles, consiguen despertar al médico.

- Me cago en dios… como sea otra vez esa estúpida me va a oír.

El reloj marca las 4:44. El centro de salud está en absoluto silencio, salvo por el sonido del timbre. Tampoco se oye el zumbido del aire acondicionado.

- ¿Se ha estropeado el aire? Ya lo que me faltaba…

Maldiciendo, el médico se dirige a la recepción, esta vez sin molestarse en adecentarse un poco antes. Allí se encuentra con el hombre que ha estado tocando el timbre, con la mano todavía encima del interruptor, y el cuerpo pegado al mostrador. Dada la altura del mismo, sólo resulta visible la parte superior de su cuerpo. Pero eso es suficiente para que su aspecto le llame la atención. El hombre tiene la cara muy blanca, excepto por unas notables sombras bajo los ojos. Su vestimenta consiste en un traje completamente negro, resaltado por una corbata estrecha de color rojo oscuro. Tiene aspecto de no encontrarse muy bien, y sin embargo, muestra una sonrisa de oreja a oreja.

- Buenas noches doctor… Belaya. Y buenas que son, sin lugar a dudas. Noches así deberían ocurrir más a menudo.

“Y ahora me toca un pirado…”

- ¿Qué quiere?
- Digamos que he sufrido un pequeño percance mientras daba un paseo por la zona. Me pareció lo más apropiado venir aquí a resolverlo – dice el paciente, sonriendo y mirando fijamente al médico, sin pestañear.

“Joder, que tío más raro”

- Si no me dice qué es no le voy a poder ayudar.
- Es sencillo de explicar pero no quiero alarmarle innecesariamente aún.

“¿Aún? ¿A qué ha venido eso?”

- … mire, no tengo tiempo para andar con rodeos. Explíquese de una vez.
- Permítame que antes le ponga en antecedentes. Es necesario para que entienda. Yo trabajo por las noches, ¿sabe usted? No todas las noches, claro está. Eso sería agotador. Y bastante perturbador, por otra parte, ¿me entiende?

“¿Pero de qué va éste?”

- No, no le entiendo. ¿De qué demonios me está hablando?
- Enseguida entenderá. Mi trabajo es corregir cosas. Cosas que a veces se salen de su lugar, cosas que se tuercen más de la cuenta. A veces hay que corregirlas para que todo siga funcionando bien, para que los engranajes sigan girando correctamente. Alguien tiene que hacerlo. Aunque de forma controlada, claro está. También tenemos que respetar el libre albedrío, ¿no cree usted?

“Vale, es de una secta, está claro”

- Mire, no me haga perder el tiempo. Tengo cosas más importantes que hacer que escuchar sus historias. Si necesita consulta o tratamiento médico me parece bien, pero si necesita un amigo búsqueselo en un bar.
- O no, no, no me malinterprete usted. Le aseguro que estoy en mis cabales. Y sí, puede que necesite tratamiento de su parte. Simplemente le hago saber que mi trabajo es complicado, y no es extraordinario sufrir ciertos… trastornos en su realización. Terminando hoy mi jornada me he sentido ligeramente indispuesto, y aunque no suelo acudir a este centro, he pensado que podría ser… una experiencia interesante.

“¿Interesante? ¡Nadie va al médico porque le parezca interesante!”

- ¿Ha oído hablar usted por casualidad a la familia Guzmán, doctor? Ya sabe, la que vivía en esa pequeña casa de ladrillo rojo, justo enfrente del parque municipal. Buena gente, ¿verdad? ¿Verdad? Pero a veces la verdad no es lo que todo el mundo ve. Sí, buena gente hasta que se supo la verdad.

En ese momento al médico se le pone la piel de gallina. Claro que había oído hablar de ellos. Salió en todos los periódicos e incluso en el telediario. Hechos tan siniestros no solían ocurrir en esa pequeña población, y los lugareños quedaron bastante conmocionados. Por lo visto una noche el señor Guzmán amordazó a su mujer e hija mientras dormían, y cogió el cuchillo más afilado de la cocina con la intención de descuartizar a ambas en vida. Por fortuna, la hija logró zafarse de las cuerdas y corrió a avisar a los vecinos, que acudieron en su ayuda. Su padre, al verse sin salida, decidió acabar con su locura cortándose la yugular. Sin embargo para entonces la mano izquierda de la mujer había sido seccionada y separada del resto de su cuerpo. La policía llegó a la conclusión de que el señor Guzmán había sufrido un brote psicótico, aunque no fueron capaces de determinar la causa del mismo.

“¿Por qué está este loco hablando de cosas tan macabras a estas horas de la noche? ¿Y por qué a mí? Lo que está claro es que es un lunático. Y parece peligroso.”

- Márchese ahora mismo o me veré obligado a llamar a seguridad.

Lo dice con determinación, pero en el fondo se está marcando un farol. En un centro de salud tan pequeño sólo hay un vigilante de seguridad, y sólo durante el día. Él es la única persona que permanece en el centro esa noche.

- Veo que sigue usted sin entender. En fin, no sé de qué me sorprendo. Tendré que ir al grano.

En ese instante el hombre retira la mano del interruptor del timbre, que no había movido en toda la conversación, y la mueve hacia un bolsillo de su pantalón. El médico no puede ver el pantalón desde su posición, pero se le hiela la sangre pensando que ese loco va a sacar un arma. Piensa en salir corriendo de la sala, pero antes de que le dé tiempo a reaccionar, el hombre ha sacado algo del bolsillo y lo ha depositado encima de la mesa. Ese objeto cautiva completamente su atención.

Es un trozo de carne.
Un trozo de carne de un color totalmente pálido.
Un trozo de carne que gotea sangre.
Es una mano humana cercenada a la altura de la muñeca.

Siente que la sala da vueltas. El terror se apodera de la mente del médico. Ha visto decenas de veces miembros dañados o amputados, y sin embargo está paralizado por el miedo. No puede hacer otra cosa que mirar la mano que está encima del mostrador, tiñendo la blanca madera de un rojo intenso. Lo normal sería pensar que tiene frente así a un loco, un enfermo mental que ha arrancado un mano a cualquier víctima desafortunada. Pero algo le dice que no es así. Algo le dice que…

- Doctor, doctor… no diga que no le advertí de que no quería alarmarle innecesariamente antes de tiempo.

Diciendo esto, el siniestro personaje levanta su mano izquierda, la que hasta entonces había tenido oculta bajo el mostrador… y no hay mano. La manga de su chaqueta negra termina en un muñón sanguinolento, de donde fluye un reguero continuo de sangre.

Y entonces se da cuenta. La puerta de entrada al centro está abierta de par en par. Un frío invernal entra por ella. Y en el camino hasta el mostrador de recepción, un sendero marcado por gotas rojizas recorre la estancia.

- Digamos que se me cayó por el camino. Ya le dije que era un trabajo peligroso. ¿Y bien? ¿Puede usted hacer algo por mí? Al fin y al cabo ahora mismo tengo un receso de mi trabajo. No sería interesante si usted no hace nada al respecto.

Y diciendo esto, su sonrisa se vuelve aún más macabra si cabe. Los ojos enrojecidos, sus pupilas totalmente negras. Su brazo continúa alzado, mostrando el muñón, empapando la manga de su chaqueta, que se vuelve de un negro denso. Y la mano encima del mostrador, el rojo fluido que sale de ella ya desbordando la superficie y goteando por los laterales.

En ese momento el doctor reacciona. No grita ni vacila. Simplemente corre. Corre a través de los pasillos del centro, sólo iluminados por las débiles luces de emergencia. Antes de ser consciente de ello, está de nuevo en la consulta que ha estado utilizando para dormir. Al encontrarse de nuevo en ese ambiente familiar, su pensamiento racional va volviendo poco a poco. Ese tipo está completamente loco. Se ha cortado una mano, muy posiblemente voluntariamente, y parece estar orgulloso de ello. Y puede que no se conforme sólo con eso.

El médico analiza la situación. La clínica en la que está tiene dos puertas, pero sólo una de ellas tiene cerrojo. Corre a cerrarlo, y para asegurar la otra puerta mueve la mesa de la consulta contra ella, de modo que no pueda abrirse. Ahora está razonablemente a salvo… pero también encerrado.

“Ring” … … … “ring” … … … “ring” … … “ring”

El timbre de la recepción está sonando. Parece que ese loco lo está haciendo sonar.

- ¿Pero qué…? Si se cree que voy a salir otra vez es que está realmente como una cabra.

“Que se haya quedado en la recepción es bueno, pero tampoco parece que tenga intención de moverse de allí. Aunque… ¿cómo puede aguantar el dolor del miembro amputado y comportarse normalmente? ¿Está drogado? Y aun así… ¿cómo es que no ha muerto ya por desangramiento?”

“Ring” … … … “ring” … … … “ring” … … “ring”

“No es momento de pensar en eso. Debería llamar a la policía”

El doctor marca el número de la policía en el teléfono fijo que tiene en la consulta. Un tono. Dos tonos. Tres tonos. Parece que nadie va a coger el teléfono.

- ¡Joder, puta policía incompetente!

Al quinto tono se establece la comunicación. Sin esperar a recibir un saludo de parte del otro lado de la línea, el doctor empieza a hablar con nerviosismo

- ¡Le llamo del Centro de Salud Nuestra Señora de la Esperanza! ¡Hay un pirado aquí que se ha cortado una mano! ¡No sé si lleva armas, pero parece peligroso! No hay nadie más en centro, ¡vengan cuanto antes!

Al otro lado del auricular, sólo silencio.

- ¿Hola? ¿Me ha escuchado?
- ... Doctor Belaya, ¿es que no piensa atenderme?

El tiempo se detiene. No puede pensar. Está seguro de haber marcado el número correcto. Cuelga el auricular con un golpe. Está en estado de shock.

“¿Ha cogido él la llamada? ¿Pero cómo…?”

“Ring” … … … “ring”

El ruido del timbre le pone de nuevo en alerta.

“Tengo un móvil. Puedo llamar desde él”

Busca su móvil en el bolsillo de su bata de médico. No está. No está.

“¿Dónde está?”

Mira una y otra vez en el bolsillo, pero está vacío. Entonces se pone a buscar como loco por el cuarto.

“¡En algún sitio tiene que estar!”

Busca por el suelo de la clínica. Revuelve en los cajones y en la mesa. No lo ve. Entonces algo llama la atención en la camilla. Allí está su placa identificativa, y al lado el teléfono móvil.

“Mierda, se debió caer mientras dormía”

Rápidamente coge el teléfono móvil y marca de nuevo el número de la policía. Un tono. Dos tonos. Tres tonos. Cuatro tonos.

“Click”

Un sonido suave, metálico. Un sonido de un picaporte girando. El doctor se da la vuelta. La puerta está abierta. La puerta que estaba obstruida por la mesa que él mismo había movido. La mesa no está en la puerta, la mesa está en su lugar habitual.

No puede ser. No puede ser. No puede ser. NO PUEDE SER.

Y en el marco de la puerta está ese hombre. Sujeta aquella mano amputada con su mano derecha. Con su mano derecha. Su mano izquierda descansando a un costado de su cuerpo.

- Doctor Belaya… sepa usted que estoy muy descontento con su trabajo. Muy descontento. ¿Acaso no me debe usted un servicio?

Diciendo esto último lanza la mano cercenada al doctor. El doctor se cubre la cara con sus brazos, la mano rebota contra ellos y cae al suelo. Lentamente el doctor baja los brazos. Ve la mano en el suelo, tiñendo la cerámica de rojo. La mano es grande. La mano es de piel morena. La mano tiene un anillo.

- ¿No entiende usted? Es muy sencillo. No todo acaba con la muerte, ¿sabe usted? Algunas personas son… digamos, tercas. Incluso después de morir siguen empeñadas en terminar aquello que comenzaron. Y créame, eso no está bien. Nada bien. Por eso alguien tiene que encargarse de corregirlo. Por eso alguien tiene que hacer justicia, hacer que todo vuelva a estar en su sitio, compensado.

El doctor está aterrado. El doctor no entiende nada.

- No se preocupe. No le corresponde a usted entenderlo. Como le he dicho, esto es solamente una experiencia interesante.

Diciendo esto, el hombre de negro recoge la mano del suelo, y se la muestra al médico, que no puede apartar la vista de ella.

- Sólo una cosa más doctor. Espero que esta experiencia haya sido fructífera.
Y entonces la mano se mueve, sus dedos abriéndose de par en par en un impulso nervioso. La cordura del médico, ya muy debilitada en ese punto, se parte. Pierde las fuerzas y su visión se nubla. Se desmaya y cae al suelo inconsciente.




“Knock… knock… knock knock knock…”

- ¡Belaya!

El doctor despierta de un respingo.

- ¡Belaya, son las 8 y media de la mañana! ¿Qué hace zanganeando en la consulta? ¡Su turno acabó hace una hora!

Se trata del doctor Hernández, su supervisor. Belaya se incorpora alarmado, y mira el reloj de la pared. Las 8:34 de la mañana.

- ¿Pero qué hace hombre? ¡Fuera ahora mismo de aquí! ¡Y que no vuelva a enterarme de que se pasa usted los turnos durmiendo! ¡Esto es un centro de salud, no un hotel!
- Yo… el hombre con la mano cortada…
- ¿Qué? ¿De qué habla?
- Por la noche… vino un hombre con una mano amputada… goteaba sangre por todas partes.
- ¿Qué me está contando? ¿Hubo algún accidente esta noche? ¿Cómo es que no informó a nadie al respecto?
- No… no le atendí… tenía una mano cortada… pero luego la tenía en su sitio, y la mano parecía de otra persona… y…
- ¿Qué sandez es esa? ¿No es ya un poco mayor para esos cuentos? Si ha tenido una pesadilla vaya a llorarle a su madre. ¡Ahora largo de aquí! Tenemos que empezar el primer turno de consulta.

El doctor se levanta de la camilla y sale confuso de la habitación.

“… ¿una pesadilla?... sí. Claro. Joder, claro. ¿Por qué no lo he pensado antes? Nada de eso tenía sentido. Ha sido una puta pesadilla. Dios, y por culpa de eso menuda bronca me ha caído… en fin, mejor será que vaya a casa a descansar…”

El médico va a la recepción. Los primeros pacientes de la mañana ya se encuentran allí, la mayoría ancianos que vienen a realizar su revisión médica periódica. Una señora que le resulta familiar está pidiendo la hoja de reclamaciones a la persona que atiende la recepción en ese momento. El doctor se dirige a la máquina de bebidas e introduce las monedas para un café solo.

“Joder, menuda noche… la peor que he pasado. Tal vez debería replantearme esto de dormir en la camilla… parece que no me sienta demasiado bien. Estaría mejor haciendo sudokus o algo así…”

Apura su café y se dirige a la sala de las taquillas que el personal usa para cambiar de ropa. Se pone los vaqueros y la camiseta que traía el día anterior. Cuelga la bata de una percha. La placa con su nombre se desengancha y cae al suelo. Se agacha para recogerla y la guarda dentro del bolsillo de la bata. Recoge sus cosas y vuelve a la recepción. Los ancianos que esperan su turno siguen allí. La mujer que antes estaba reclamando está en una silla, mirando con cara de disgusto la suela de uno de sus zapatos. El médico no les presta mayor atención y sale del centro para volver a su apartamento.


La mujer tiene otro motivo más para reclamar. Parece que mientras la atendían junto al mostrador ha pisado una mancha de color rojo.


Albarji, 2009-08-23

Sunday the 23rd.
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